jueves, 18 de agosto de 2016

Ojos grises


"Te echo de menos". Esa frase es todo lo que decía. Se pasaba días enteros sin hablar y cuando ya parecía que no iba a volver a hacerlo esas cuatro palabras salían de su boca. Y lloraba. Siempre lloraba cuando se atrevía a hablar. Sólo entonces parecía dejar de mirar al mar. Nunca se limpiaba las lágrimas. Nunca se movía, de hecho. Alguna vez pasé un par de días a su lado y en todo ese tiempo ni habló ni se movió. Cuando me fui pareció sonreir, como agradeciendo mi compañía. Tampoco sé porqué le visitaba. Supongo que me dolía verle solo. Supongo que podía entender su dolor...

Recuerdo que cuando legué a la ciudad no conocía a nadie. Era tarde y estaba todo cerrado, así que, como hacía buen tiempo, decidí dormir en la playa. Entonces le vi por primera vez. Sus ojos todavía conservaban un ligero tono marrón, o eso me pareció a la luz de la Luna. He de admitir que al principio me asustó, pero en seguida me di cuenta de que no iba a hacerme anda. Emanaba paz. Dormí como un niño esa noche y me sorprendí al despertar. Seguía en el mismo sitio, en la misma postura, mirando al mar. Antes de irme le vi llorar por primera vez. Entonces no escuché la frase, o si lo hice no la entendí. Pero verle llorar me entristeció.

En la recepción del hotel me contaron su historia. Recuerdo que cuando me la contó un conserje ya mayor también me pareció verle triste. Supongo que es normal, es una historia triste...
"Poca gente sabe cómo se llama. Yo no soy uno de ellos, por desgracia. Sé que se alojó aquí con una mujer hace mucho tiempo. Recuerdo que la noticia salió en todos los periódicos locales. Nunca nadie se había ahogado en estas playas. Cuando se fue no miraba a ningún lado. Sus ojos no parecían enfocar. Cruzó la calle y se sentó en la playa. De eso hace más de dos años. Al principio le llevábamos comida y agua, pero nunca la probó. Nunca se movió. La gente dice que por la noche se mueve, que si no es imposible que viva. Yo creo que no es así. Creo que ya está muerto. No físicamente. Supongo que es difícil de explicar, pero es como si cuando se ahogó esa mujer su alma murió también. La quería mucho, estoy seguro."

Pensé que se reían de mí por ser de la capital, pero recopilé más información y todos decían más o menos lo mismo. Una mujer me contó que de tanto mirar al mar sus ojos se habían vuelto grises. Otra creía que era de llorar. Yo no sabía qué creer, pero todos los días le visitaba. Nunca intenté hablarle, simplemente me sentaba y observaba con él. Cada día durante aproximadamente 6 meses. Nunca dijo otra cosa que no fuera "te echo de menos". Nunca hasta hace un par de días. Quiero pensar que fue su forma de darme las gracias por haber escrito su historia. Cuando lo hice se la leí y la quemé. Después miramos al mar y cuando me levanté dijo "adiós". Miré y seguía en la misma postura. Lloraba pero sonreía. Entonces cerró los ojos. Supe que había muerto. Acaricié su mejilla y lloré como nunca lo había hecho...

Por eso estoy hoy aquí. Por eso miro al mar como hiciste tú durante tanto tiempo. Por eso lloro como cada vez que te atrevías a hablar. Me hubiera gustado conocer tu nombre para recordarlo mientras tus cenizas vuelven por fin a juntarse con tu alma en el mar...



domingo, 10 de abril de 2016

Sueños

“Soy una persona afortunada, siempre he tenido un don. Puedo soñar. Puedo entrar en un sueño y permanecer en él todo el tiempo que desee. Soy, probablemente, la persona más libre de mundo. Pero ahora estoy encerrado”

Un día estaba soñando, y decidí no salir. Todo iba mal, era difícil, y estaba aterrado. Pensé que no podría con ello, entre en mis sueños y cerré la puerta. Luego no pude salir. Fuera, tenía una vida, amigos, estaba enamorado… Dentro también lo tenía, pero no era lo mismo. Podía venir ella, besarme, abrazarme, pero sus caricias se desvanecían demasiado pronto. Podían venir mis amigos, y bromear, jugar, hablar, hablar y seguir hablando… pero sus frases no tenían sentido y las olvidada nada más oírlas.

Cuando me di cuenta me asusté, lloré. Era la primera vez que me pasaba esto en un sueño. Quería salir, pero no sabía cómo hacerlo.

Estaba en una playa cuándo tuve una idea. Tenía que soñar, soñar un lugar por dónde salir, una forma de escapar. Tenía que dejar de verlos para estar realmente con ellos.

La llevé al parque de siempre, ella lloraba. “Te voy a echar de menos” decía. “Ya lo sé, pero quiero verte, necesito verte” le dije. Al mirarnos me pareció real, y me asusté.

Les llevé a todos a un acantilado, cómo en las películas, así parecía más épico.

Esperaba un agujero negro, un vacío o algo por el estilo, pero sólo había una puerta. Intenté abrirla, pero fui incapaz, estaba cerrada con llave. Les pedí un último favor, intentamos derribarla, pero no pudimos.

Entonces apareció ella, me besó y puso la llave en mi mano. Sentí su beso, sus labios, y la llave me pesó, me pesó cada recuerdo con ella, y encontré un miedo más grande que yo mismo. Pensé, que quizás, no era un sueño, pero tenía que irme... Me dirigí a la puerta y salí por ella.

Luz cegadora… escuché algo y me di cuenta que hacía mucho que no escuchaba nada de verdad. Abrí los ojos y sentí la misma sensación. Vi que ella estaba allí, en la cama, a mi lado.

No quise despertarla, pero no pude evitarlo. Nos fundimos, entre lloros, en un abrazo. Entraron todos e hicieron lo mismo.

“Tenía mucho miedo” me dijo después de besarme.

“Y yo” contesté.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Réquiem (Prólogo)


- “Porque la princesa no siempre termina con el trovador”. ¿Te parece que esta es forma de acabar un cuento infantil?

- Me parece una forma original. Tienen que aprender que no todo son finales de comer perdices.

- Mira chaval, sé que no estás en tu mejor momento. Te tengo aprecio y entiendo por lo que estás pasando, pero te pedí un cuento para niños de hasta 8 años. Hoy era la fecha de entrega y me has traído una historia depresiva. Da igual. Te doy tres semanas y lo reescribes, o te inventas algo nuevo, me da igual. Pero esto no lo voy a publicar.

- No lo voy a cambiar.

- ¿Qué?

- Si, es triste, pero es mi Aullido. Y me ha costado convertirlo en un cuento para críos.

- Chico, tú no eres Ginsberg. Tienes unas pautas y has de ceñirte a ellas. Si dejo que editen esto, me cuelgan por las pelotas.

- No es malo.

- No, no es malo. Pero tampoco bueno. Escribes bien, pero no eres García Márquez. Y como tú hay miles de personas. Y muy pocos editan lo que escriben. Y poquísimos tienen un trabajo fijo en una editorial.

- ¿Y si no lo cambio?

- Lo mandaré a los jefes, lo leerán y te dirán que lo cambies. De malas maneras.

- No lo voy a cambiar.

- No seas idiota. Te pueden echar.

- Me da igual. ¿Sabes? Creo que tienes razón. Puede que esto no sea lo mío. Que sólo sea uno más.

- ¿Entonces?

- Mándaselo. Y diles que no lo cambiaré. Y que no hace falta que me despidan, que renuncio.


Y se fue. A cada paso que daba pensaba en volver, pero seguía avanzando. No sabía por qué lo hacía. No era orgullo. No era rabia. Tenía que irse. Irse lejos. Lejos de ella, lejos del trabajo, lejos de él. Lejos de todo.

Llegó a su casa llorando. Estaba nervioso. Nunca había soportado la presión. Las lágrimas dificultaron los trámites. Hizo llamadas, canceló cuentas. Vendió lo que pudo. Cogió todo el dinero que pudo y algo de ropa. Poca, tenía que caber en una mochila. Bolígrafos y un par de cuadernos. Se enfadó consigo mismo por seguir llorando.

Era de noche. El frío y la lluvia le hicieron sentir bien.


Dos meses después había encontrado un título: Réquiem. La misa de los difuntos. Tendría ocho capítulos. Uno por cada persona que encontrase que nunca tendría un réquiem. Uno por cada futuro difunto que en vida fue un trovador sin princesa. Uno por cada persona gris y mediocre que encontrase y mereciera ver su vida escrita. Por ser simple. Porque nunca destacaría. Porque jamás serían felices, ni desgraciados.

Y él sería el prólogo. En tercera persona. No porque quisiera imitar a nadie, o crear un estilo. No porque fuera más o menos fácil escribir de esta forma. Simplemente porque hacía tiempo que veía su vida como si no pudiera controlarla. Como si todo se desarrollase a su alrededor, sin que él importara.

Y por fin, tras dos meses, dejó de llorar. Tenía el mismo miedo. Los mismos nervios. Seguía sin saber si volvería alguna vez a casa. Pero sabía que, tarde o temprano, habría conocido a ocho personas y habría escrito sus historias.

El día era húmedo, aunque no llovía. Notó cómo se secaban las últimas lágrimas. Se dirigió hacia el Este.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Cuento de Navidad

Hoy en el metro había un hombre que olía a la Plaza Mayor. ¿Sabéis cómo huele la Plaza mayor en invierno? Es una mezcla de musgo, serrín, belenes de corcho y polvo verde para hacer el campo. Es el mismo olor que el que acompaña la historia de Marieta.

Marieta era una joven de unos 17 ó 50 años. Hacía tiempo que los rasgos de su cara habían ido desapareciendo ante la indiferencia de la gente. Era un elemento más de la Plaza Mayor. Ocupaba siempre la misma esquina, con la misma mesa en la que siempre colocaba la misma figura. Nadie la vio nunca en otro sitio que no fuera su esquina o en otra época que no fuera la Navidad. Y nadie vio jamás que vendiese su figura, hecha, según contaba, con sus propias manos. Y no es porque fuera cara o fea, al contrario, era el pastorcillo más bello que jamás nadie hubiera visto. Y este era su problema. ¿Cómo iba alguien a atreverse a poner en su Belén un pastor que hiciese sombra a la Virgen, a San José, o al mismísimo niño Jesús? Eso sería poco menos que un sacrilegio. Así que, año tras año, Navidad tras Navidad, Marieta esperaba a que alguien comprase su pastorcillo, sin éxito.

Y mientras tanto, mientras días y años se confundían, Marieta se iba enamorando de su pastorcillo. Primero le dio nombre, Gustavo, y después vida. Y vivieron su historia de amor.

Pero Marieta estaba enferma y lo sabía y aunque nunca se lo dijo a Gustavo, éste la notaba diferente. Notaba que lloraba, notaba que cada mañana Marieta quería que alguien les separase, y no lo comprendía. Y Gustavo estaba triste.

Y una noche, mientras las lágrimas de ambos hacían el amor, Marieta le dijo a Gustavo que le quería y antes de que le respondiese, entre sollozos, dejó caer al pastorcillo.

A la mañana siguiente una señora llegaba a su casa con un pastorcillo unido a base de pegamento para su Belén. Parecía que estaba llorando. Mientras tanto un policía cubría el cuerpo de una mujer con una manta. Parecía que estaba llorando.

viernes, 16 de octubre de 2015

Diario

- Día 1:

Hoy he llegado. Ayer me llamaron tus padres y me dijeron que te acababan de ingresar. Todavía no está muy claro qué causó el accidente, pero ha muerto una de tus amigas. No he querido preguntar cuál.

El viaje ha sido extraño. No ibas a estar cuando llegase a la estación. Tampoco sabía cuándo me iba a ir (no lo sé todavía, de hecho) ni cuándo podré hablar contigo. Hablar y que me respondas, quiero decir.

He decidido hacer este diario para poder contarte todo lo que me pase cuando te despiertes. Por cierto, estoy en el hotel de siempre. Les he explicado la situación y me han hecho un precio bastante bueno. Tus padres no me han ofrecido su casa, pero tampoco hubiera aceptado.

Te quiero.

- Día 2:

Hoy te he visto por primera vez. Ayer llegué tarde y ya había pasado la hora de visitas. Estabas preciosa. Me he quedado hasta que me han echado. Después he dado una vuelta por la ciudad. Me he dado cuenta de que apenas la conozco. Casi no veía con las lágrimas.

Si no hubieran estado tus padres te habría besado. Sólo me he atrevido a cogerte la mano. No la he soltado.

Puede que esta noche llueva.

- Día 3:

Hoy me he levantado temprano y he ido a la playa. No había nadie. Al final ayer no llovió, pero se ha quedado un día demasiado gris.

Cuando te he visitado he visto a tus hermanos. Estaban tristes. Te quieren mucho.

Yo también.

Por la noche he dado una vuelta y he estado a punto de perderme. Me he sentido orgulloso de saber volver.

- Día 4:

Hoy estabas preciosa. He querido hacerte el amor, pero me parecía políticamente incorrecto.

Me he acordado de cada vez que lo hemos hecho.

Por la tarde he decidido buscar estatuas y hacerme amigo de la más fea. Está lejos, pero tiene una conversación agradable.

Me he dado cuenta de que hace dos días que no como.

- Día 5:

He comido un bocata con Josep. He llamado así a la estatua. Le he hablado mucho de ti. Creo que ha terminado cansándose, porque ya no me decía nada.

Si, ese no tenía gracia.

Tus padres han estado muy agradables conmigo. Me han invitado a cenar, pero me he tenido que negar.

No saben que por las noches lloro hasta que me duermo.

- Día 6:

Hoy he pensado cómo será cuando te levantes. Entonces me he dado cuenta de que tal vez no lo hagas. He llorado de miedo. Por eso he llegado tarde.

Tampoco me quería ir.

Te he besado. Ha sido extraño. Me gusta más cuando me besas tú.

Me pasaría la vida besándote.

Y haciéndote el amor.

Toda la vida.

- Día 7:

Hoy me he dado cuenta de que siempre tomo los mismos caminos. He decidido cambiar. Quiero conocer tu ciudad. Empieza a ser mía.

Quiero que sea nuestra.

Como poco. Ya sabes, me deprime comer solo. Comería más si tuviera una sonda. ¿Lo de la comida también se llama sonda?

Mañana les pediré una.

- Día 8:
Hoy hace una semana que estoy aquí. Me siento más mayor. Tal vez la palabra sea maduro. Tal vez sea fuerte. Pero yo no me siento maduro ni fuerte.

Sólo me siento mayor.

Lo peor de que estés como dormida es que no puedo verte los ojos.

Ni perderme en ellos.

Bucear en su azul.

Ahogarme en su amarillo.

Y despertarme en su gris. A tu lado.

- Día 9:
Hoy he ido a tu casa. Tus hermanos casi me han obligado. Ha sido duro. Al entrar a tu cuarto he llorado. Tus hermanos no sabían qué hacer. Hemos jugado a la consola.

Me han ganado.

- Día 11:

Ayer no dormí. Me pasé la noche en la calle. Solo. Ni siquiera visité a Josep. No quería ver a nadie.

Antes de ayer te pusiste mal. Muy mal. Estaba allí. A tu lado.

Todo pitaba.

Tus padres me han dicho que saldrías de esta.

Pero tu madre lloraba.

- Día 12:

Hoy has abierto los ojos. No he dejado de hablar contigo. Ni de mirarlos. Me has dado un beso.

Dicen que no pasarás de esta noche.

- Día 13:

Hoy has muerto. Estaba a tu lado.

Te lo había prometido.

Dicen que cuando mueres ves tu vida como una película.

Yo he llorado la nuestra.

- Día 14:
Hoy me he marchado. Acabo de llegar a mi casa. Como tantas otras veces.

Pero tan diferente.



Te quiero.

lunes, 31 de agosto de 2015

La Calle Fortuny

Hace bastante tiempo, en el mundo de los cuentos, hubo una revolución. En ella, brujas, piratas, dragones, príncipes malvados y madrastras se levantaron contra el gobierno establecido, en la ciudad de Cosmos. En ella, sembraron la destrucción disparando, quemando, atravesando y convirtiendo en sapo a todo aquel que se atreviese a salir a la calle.

Mientras tanto, el comité de sabios del gobierno trataba de encontrar una solución: no bastaba con enviar a los héroes de forma desordenada. Además, muchos de ellos no podían luchar: Peter Pan se había hecho mayor, Caperucita estaba embarazada, Pinocho tenía sinusitis… Decidieron, pues, organizar una defensa ordenada a base de barricadas. Así, en las calles más importantes se empezaron a colocar calabazas, que más tarde se convirtieron en carretas, para impedir el paso de los insurrectos; y carretas, que más tarde se convirtieron en calabazas, para alimentar a los defensores. Al frente de cada barricada se colocó a un valeroso guerrero: Doc Holiday en la calle del 18 de febrero, John McClane en la calle de la Plaza, Tarzán en la del Balcón, Eduardo Manostijeras en la calle Mayor… La ciudad de Cosmos estaba preparada para resistir la batalla que no tardó en empezar.

Sin embargo, en las calles más lejanas la situación era distinta. Nadie sabía lo que ocurría en el centro y la vida transcurría con normalidad. Todos los jóvenes estudiaban para convertirse en príncipes, caballeros, o príncipes-caballeros. Las mujeres, por su parte, esperaban con ansia el día en que pasarían de ser doncellas para convertirse en princesas. Y el Trovador, un miedica que aspiraba a ser un héroe para enamorar a su amada, componía en la calle Fortuny.

Pero, con el tiempo, las noticias llegaron a la calle Fortuny. Los jóvenes, raudos, prepararon su barricada, y las jóvenes, raudas, ataron sus pañuelos en las lanzas de sus enamorados. El Trovador, por su parte, vio en esta la gran ocasión para que Susurro, su amada, cayese rendida a sus brazos; así que se alistó. Por un azar del destino (y porque manipuló la votación) salió elegido jefe de la barricada. Así que, con todo preparado, esperaron la embestida de sus enemigos.

Tras un tiempo, en el centro de la ciudad, se sofocó la insurrección. Tras un tiempo, en la calle Fortuny, seguían esperando. En el mundo de los cuentos no había ni radio, ni televisión ni teléfonos, por lo que nada sabían. Y siguieron esperando.

El ambiente en la barricada era cada vez más tenso. Todos los jóvenes veían cómo sus sueños de un rápido ascenso a la heroicidad se difuminaban en una interminable espera. El trovador, además, veía cómo Susurro se olvidaba de él. Y siguieron esperando.

Varios años pasaron en el mundo de los cuentos, varias nuevas historias se inventaron, y otras se olvidaron, como la de la calle Fortuny. Susurro no recordaba ya a su trovador. Las amadas no recordaban ya a sus, en otro tiempo, héroes. Ellos, mientras tanto, siguieron esperando.

Pero sucedió que, un día, el mundo de las pesadillas decidió conquistar el de los cuentos y, para hacerlo, decidió entrar por una calle desconocida, borrada hacía tiempo de los mapas: la calle Fortuny.

Entonces, una mañana, los vigías pudieron alertar como siempre habían soñado a sus camaradas de la barricada y estos defendieron como tantas veces habían imaginado. La batalla estaba siendo épica, pero las pesadillas eran más numerosas y empezaban a ganar terreno. Entonces, una figura surgió en el punto más alto de la barricada armada con una flauta. Y comenzó a tocar.

De pronto, por todas las calles de la ciudad Cosmos se escuchó una melodía que, por alguna razón, hacía a los habitantes dirigirse hacia ella. Así, poco a poco, iban llegando refuerzos a la barricada de la calle Fortuny, hasta que consiguieron repeler el ataque.



A la mañana siguiente, todos los miembros de la barricada estaban siendo nombrados héroes. Sólo faltaba el trovador, al que todos buscaban y al que no encontraron hasta días después, cuando salió, de la mano de Susurro, de la calle Fortuny.

jueves, 16 de julio de 2015

Decisiones

La vida son todo decisiones, no es ningún secreto. Más de una persona pretendidamente sabia ha creído conocer un gran secreto por saber algo tan universal. La gente suele creerse muy importante cuando en realidad no lo es. Si crees haber descubierto algo probablemente estés equivocado, si no ya lo habría pensado alguien antes que tú. Alguien solía decirme eso. Tal vez fuera mi padre.
El caso es que la vida es decidir. A veces esas decisiones no parecen afectarnos. Otras pueden cambiar tu vida. Sé mucho de esto. Decidí y me equivoqué. No me importa. No me gusta nada perder, pero por una cuestión de orgullo. Por lo demás me da igual. No tengo nada que perder, tampoco nada que ganar. Supongo que por eso acepté, es decir, decidí. ¿Y me equivoqué? Tal vez no en la decisión, tal vez sí.

Vamos escribiendo nuestras vidas con nuestras decisiones. Algunas vidas están bien escritas. Otras son algo así como best-sellers, influyen en mucha gente. La mayoría pasan desapercibidas para casi todo el mundo. Obruchas mediocres que nadie nunca releerá. ¿La mía? No creo que sea especial, tal vez algo diferente a la de la mayoría. Tampoco mucho. Me fijé mucho en mis decisiones. Eso no quiere decir que las meditase mucho, quiere decir que fui consciente al tomarlas. ¿Por qué lo hice? Supongo que me gusta saber el porqué de las cosas. Por ejemplo, cualquiera diría que el estar hoy aquí en la cárcel es fruto de una decisión que tomé hace poco. No lo es en absoluto. Hay que remontarse a las primeras páginas del libro de mi vida...

No recuerdo exactamente el día. Creo que era par, pero dudo entre dos fechas. El mes si lo recuerdo: Marzo. Si, Marzo de hace 7 años. ¿El tiempo? Me parece que era un día gris, pero no puedo asegurarlo. Hay recuerdos que no encajan en días soleados.

Sin embargo ese sí que lo era. El día que entré en prisión era un día soleado. ¿Lo recordaré así dentro de unos años? También era soleado el día que tomé la segunda decisión que me trajo aquí. No es que lo recuerde, pero fue en Julio cuando decidí matar a un hombre, por lo que probablemente fuera un día soleado. La verdad es que no me lo pensé mucho, pero quería que el cabrón que me ofreció el trabajo sufriera un poco. Bueno, la verdad es que casi no le conozco, pero si pagas a alguien por que mate a otra persona eres un cabrón. Un cabrón que quería darme explicaciones. Explicaciones que yo no quería oír. Principalmente porque me daba absolutamente igual, pero también influí el hecho de que sabía que intentaba que yo le disculpara. El muy capullo iba a pagarme porque matase a una persona y se sentía mal. Y yo que iba a matarla estaba tan tranquilo. Ya me daba igual. Lo hacía porque no perdía nada. Ya lo había perdido todo hacía tiempo por una estúpida decisión...
No me apetecía ir a clase. No soportaba a casi ninguno de los gilipollas que había allí. Empezando por la profesora y acabando por la guapa, pasando por empollones, graciosos o raritos. Merecían la pena tres o cuatro y con ellos fui al parque. Es posible que empezase a llover, o tal vez simplemente hiciera mucho frío. El caso es que algunos se fueron a un bar y otros a clase. Yo me fui a casa. No parece nada del otro mundo, ¿verdad? Pues aquello cambió mi vida.

Empezaban a aparecer oscuros nubarrones. Mejor, así no tendría que recordar ese día como uno soleado. Los días malos son grises. Tiene que ser así. En la naturaleza los animales venenosos advierten a los demás que lo son mediante colores. En el página a página, por continuar con la patética metáfora, de nuestras vidas, eran las nubes las que avisan de cuán venenoso será el nuevo día. Tal vez si lo hubiera sabido entonces no habría ido a casa...

Pero fui. No sabía si habría alguien, tampoco me importaba. O eso creía. Abrí la puerta y vi más desorden del habitual. Éramos unos jodidos cerdos, pero no tirábamos las mesas por los suelos. Escuché golpes en la cocina y allí me dirigí. Me considero algo así como un "tipo duro", pero todavía me es raro recordar esas imágenes. Mi madre era una puta, pero al menos a veces demostraba cariño hacia mí y no merecía que el borracho de mi padre la diera una paliza. Le dije que parase y me tiró una botella a la cabeza. A estas alturas de mi vida todavía no he descubierto si fue realmente ese el detonante o lo que había visto antes. El caso es que fue una de las pocas veces en las que no sé muy bien porqué actué. Simplemente cogí un cuchillo y se lo clavé a mi padre. A mi propio padre, pensaba cada vez que lo volvía a introducir en su pecho. Lo que nunca imaginé fue que mi madre fuera entonces a golpearme también. Mal hecho mamá. Supongo que tú tampoco te tomaste tu tiempo para pensar. Para serte sincero me dolió muchísimo más matarte a tí. Supongo que por eso en tu caso fui directo al corazón. Supongo que por eso te besé entre lágrimas mientras llenabas la cocina de sangre. Entre lágrimas...

Jodidas lágrimas. Se supone que son un mecanismo de defensa y no hacen más que nublar la vista. ¿Cómo me voy a defender si apenas puedo ver? Me costó, pero desde entonces no lloro excepto al recordar ese momento. No lloré cuando me cargué a ese tío. No lloré cuando tuve que matar también a su hijo de ¿cuatro? ¿cinco años? por el simple hecho de haberme visto. Por supuesto no lloré cuando reventé la cabeza del capullo que me pagaba cuando se dio cuenta de que todo se le había ido de las manos. No lloré cuando la policía vino a por mí y no lloré al conocer la sentencia. Y no creo que vuelva a hacerlo. No tengo porqué recordar otra vez qué me ha traído aquí. Son decisiones pasadas y nada puedo hacer respecto a ellas. Me dedicaré a meditar cada nuevo capítulo que aparezca en el libro de mi vida...

miércoles, 15 de julio de 2015

Reflexión, by Alejandro Jodorowsky

El primero es un acto poético:
Ama tu ciudad: antes de salir a pisar la calle, perfuma las suelas de tus zapatos.

El segundo se relaciona con el ego emocional:
Acuesta a tu pareja en la cama, desnuda, y bésala desde la punta de los pies hasta la cabeza, lentamente, en cada una de las porciones y rincones de su cuerpo, sin dejar ni una, mientras vas diciéndole: "Eres amada, eres amada, eres amada...". Así durante tres o cuatro horas... ¡Un cuerpo, recorrido milímetro a milímetro, es casi infinito!

El tercero:
Ante una conversación importante, ponte antes miel en la boca. Que tus palabras sean dulces, ¡aunque hables con tu enemigo!

El cuarto:
El lenguaje es el más alto producto del sistema nervioso. El lenguaje modifica la médula nerviosa de las personas. Si insultas, ¡te perjudicas! Sánate con poesía.
Escribe un poema cada mañana. Yo lo hago. Recomiendo a todos los que lean esto que lo hagan.

domingo, 5 de julio de 2015

El otro día hablé con un pájaro

El otro día hablé con un pájaro. Nunca antes lo había hecho y creo que también fue su primera vez. Me contó que la famosa fase de "me lo ha dicho un pajarito" era verdad en parte. Me dijo que los pájaros no solían hablar con las personas porque les aburríamos y que cuando lo hacían no era para contarnos cuándo era el cumpleaños de un niño o las notas que había sacado. Solían emplear esas charlas, decía, para cosas más útiles. Algunos, por ejemplo, habían inspirado grandes obras literarias con sus conversaciones.

La verdad es que me sorprendió lo bien que hablaba y lo fluido de la charla, aunque, como ya he dicho, era la primera vez que hablaba con un pájaro, por lo que no estaba acostumbrado. Por ello me costó entenderle al principio, pues empleaba metáforas constantemente.
Sólo por curiosidad le enseñé una foto y le pedí que la describiera. Nunca tildó el cabello de un color determinado, sino que lo comparó con las hojas otoñales, con un amanecer. Los labios no fueron fresa, sino un pliegue por el que amanecían sonrisas y los ojos fueron, para él, el comienzo del otoño, tantas veces buscado... 

Después de esta descripción seguimos hablando, pero le notaba distinto. Le pregunté que qué le pasaba y me pidió que le llevase a esos ojos, que quería verlos en persona. No podía negarme, pero no podíamos llegar allí andando, así que me confesó un secreto. Me dijo que él podía convertirme en pájaro y dejarme volar con él, pero que, a cambio, yo tenía que guardar todos los secretos que descubriría siendo pájaro. Una vez prometido fuimos volando hasta unos montes infinitos en los que tan sólo había dos personas. Ambas me resultaban familiares. Una era la portadora de tan maravillosos ojos. De la otra sabía todo, aunque nunca había hablado con ella. 

Al volver le prometí de nuevo a mi compañero de viaje no revelar nada de lo descubierto. Después desapareció. No he vuelto a hablar con él, pero espero impaciente nuestra próxima charla.


miércoles, 1 de julio de 2015

Des-Ahogarse

El mundo está cada vez más lleno de gente, faltan personas.
Encontrar una persona interesante es uno de los mayores desafíos que se nos presentan en la vida, algunos tienen suerte y encuentran varias, otros, también con esa misma fortuna, encuentran una sola.
Pero hay algunos que no la encuentran, no porque no exista alguien que pueda resultarle interesante, sino porque son incapaces de darse cuenta de quién merece la pena y quién no.

Una "leyenda" relacionada con eso es aquella que nos habla de las almas gemelas. Se dice que estas son las almas de dos amantes, que en otra vida no pudieron dar rienda suelta a su amor, y van deambulando por el tiempo, esperando renacer y reencontrarse por fin, y así, poder sentirse completos.

Pero hoy en día, en mi humilde opinión, esto es imposible.

¿Cómo cojones vamos a encontrar nuestra alma gemela, gente interesante, un "llamalo como te salga de los membrillos", si hoy en día solo existe el YO? Vivimos para nosotros, pendientes de nosotros, pensando en nosotros y en lo que nosotros queremos o dejamos de querer. Hemos tenido la suerte o la desgracia de nacer en estos tiempos de egoísmo. 
Creo que hoy en día, somos perfectamente capaces de ir por la calle, cruzarnos con esa persona, que haya una resonancia entre nuestras almas... y no darnos cuenta, porque nos acaba de llegar un whatsapp o estamos pensando en lo agobiados que estamos por tal o cual cosa.

Pienso que vivimos una época muy triste, pero a pesar de ello, creo que debemos creer en ese amor inmarcesible que, si empezamos a ser más personas y menos gente, si conseguimos desarrollar esa maravillosa cualidad llamada empatía y salimos de nosotros mismo, podrá encontrar cada uno de nosotros, sin necesidad de esa veleidosa diosa llamada Fortuna.

Al alma, lo que es del alma.
Y como me jode que esta sea la mejor forma de expresarlo, con lo que odio las religiones...