martes, 23 de junio de 2015

Érase una Vez

Érase una vez una princesa que vivía en un lejano reino. Era una de esas princesas hijas de un magnánimo Rey muy querido por todos que, al nacer, recibió regalos de todos los habitantes de la zona. Entre esos regalos destacaban los de el mago de la corte, que quiso regalar a la princesa dos estrellas gemelas que consiguió en uno de sus innumerables viajes al lejano Oriente para que formasen los más bellos ojos jamás habidos. Unos ojos que eran verdes, marrones y azules y a la vez ni verdes ni marrones ni azules. El otro regalo fue un rayo de Sol caído a un lago que posteriormente se convirtió en un glaciar congelándolo. Este regalo hizo que la princesa tuviese la más cálida de las sonrisas, a la vez que la más bella.
La princesa pronto se convirtió en una bella joven de la que se enamoró un pobre trovador...

Ese podría ser el comienzo de su historia. Pensó en el trovador y sonrió. Muchas veces se había considerado un simple trovador encerrado en el cuerpo de un paupérrimo escritor del siglo XXI. Dejó el bolígrafo y se rellenó la copa. ¿Cuántas había tomado ya? ¿Cuántas había tomado desde que la perdió? Al menos tenía la certeza de que no tomaría más, así que trató de saborearla.

Mientras revisaba la cuerda y los nudos pensó en ella. Su princesa. ¿Por qué tenía que haberla perdido? Él la seguía queriendo y estaba seguro de que ella a él también, a pesar de la distancia. Pero un maldito ogro se había interpuesto entre la princesa y el trovador y ahora no podía tenerla. En el cuento que nunca acabaría el trovador lucharía por ella y la acabaría salvando porque los cuentos tienen final feliz. Por desgracia la vida no es un cuento. No lucharía por ella y jamás la salvaría. No después de haber tomado esa decisión.

Apretó el último nudo y suspiró. La cuerda le raspaba el cuello y las manos. Se dio cuenta de que lloraba. ¿Acaso no estaba seguro? No quería volver a pensarlo. Cerró los ojos y tiró el taburete. El apretón dolió mucho más de lo que esperaba. Se dio cuenta de que forcejeaba. ¿Instinto o ganas de vivir? La cuerda le hacía mucho daño. Empezó a convulsionarse con fuerza. Sabía que apenas le quedaban 15 segundos de vida y la perspectiva le hizo sonreir y llorar todo lo amargamente que le permitía el estar ahogándose. Casi no distinguía los objetos del cuarto y no sabía si era por las lágrimas. De pronto distinguió algo que no estaba allí. Una cara. La cara de una princesa que sonreía con un cegador rayo de Sol. Quiso vivir.

Notó un golpe muy fuerte. ¿Qué había pasado? Apenas podía enfocar la vista sobre la viga de madera rota. Tras quitarse la cuerda del cuello intentó recuperar el aliento. Trató de levantarse, pero volvió a caer. Le dolía respirar, pero le encantaba poder hacerlo. Cuando consiguió ponerse en pie se miró en un espejo. Le quedaría una buena marca en el cuello. Tampoco importaba.

Mientras marcaba un número en el teléfono se preguntaba si habría algún motivo para que no hubiera muerto. Hacía tiempo que no creía en Dios, pero supuso que era inevitable ponerse místico en una situación así.

- ¿Si?

La voz que tantas veces había oído actuó como por arte de magia sobre su cuello aliviándole todo dolor. Ya sabía porque no había muerto.

- Hola princesa.

El oir su nombre pronunciado por la voz que antes había sanado su cuello le hizo estar seguro del porqué de su salvación. No había muerto porque tenía una princesa que rescatar, y los cuentos han de tener un final feliz.