Ocho meses después de que escribiera la
historia la situación comenzaba a ser insostenible. La mayoría de las personas
que tenían empleo habían cogido la baja por depresión y los que no lo habían
hecho rendían a un nivel muy bajo. La gente apenas salía a la calle. Los amigos
no se veían y las familias no hablaban entre ellas. Poco a poco la tristeza se
instaló en el país. Y el gris se seguiría extendiendo por el resto del mundo.
Pero remontémonos un poco en el tiempo.
Hasta enero. Estaba triste. Desolado. Parecía que nada fuera a
hacerme sonreír otra vez. Quería acabar con todo. Cada vez tenía más fuerza esa
idea: irme. Dejar de sufrir. Decidí que lo haría la mañana del dieciocho. Tenía
una semana. No quería ver a nadie porque temía que se diesen cuenta de lo que
pensaba hacer, así que me encerré en casa. Entonces comencé a escribir. Escribí
un cuento sencillo en el que enfoqué toda mi tristeza. A medida que iba
avanzando en la historia yo era más feliz y el cuento más triste.
La mañana del dieciocho estaba
radiante. Terminé la historia y me di cuenta de que hacía tiempo que era feliz.
Primero lo vieron mis amigos más íntimos. Era un cuento muy simple, pero eran
también varios años de sentimientos. Entre lágrimas me animaron a que lo
publicara.
A los pocos meses el cuento iba por la
octava edición. Ganó más de 30 premios. Al principio acudía ilusionado a las
galas, pero pronto me aburrí de ver cómo la gente acudía deprimida y
apesadumbrada a ellas. El momento de la entrega hacía llorar a cada persona
presente en la sala. Terminé tan cansado que dejé de aceptar premios. Ni que
decir tiene que eso entristecía a la gente.
A los seis meses el cuento se leía
semanalmente en diferentes programas de radio y había tres series de televisión
basadas en él. Los fabricantes de pañuelos y de pinturas de color gris se
hicieron millonarios. Dos de ellos se suicidaron porque les entristecía ser
ricos. Otros tres declararon que no lo hicieron por pena.
Pasados sietes meses había varios
equipos trabajando en la traducción del cuento. Trabajaban en equipos. Cada uno
se encargaba de un capítulo en concreto para no tener que releer la historia
entera. No obstante, solían terminar deshidratados por pasar las ocho horas de
su jornada laboral llorando. Además, con las lágrimas no distinguían las
letras, por lo que muchos días de trabajo eran inútiles. Esto, por supuesto,
les entristecía.
Cuando se acercaba octubre las tiendas
habían retirado todo lo que daba pena y no se vendía. Es decir, me alimentaba
de tofu y horchata. Durante unos días se permitió la venta de alcaparras, pero
los Amigos del Alcaparro, en una protesta simbólica regaron tres de
éstos árboles con sus lágrimas. Murieron ahogados. Tres días de luto oficial.
Yo mientras tanto seguía feliz. Me
sentía un poco mal porque sabía que había contaminado con mi tristeza a todas
esas personas, pero sabía que lo pagaba con creces. Cada vez que salía a la
calle la gente era incapaz de controlar el llanto (había alcanzado cierta
notoriedad). Yo, para que no se pusieran más tristes me hacía el desgraciado.
Eso les entristecía. Un día salí contento y las funerarias no dieron abasto.
Creían que lo hacía por ellos, que aguantaba mis sentimientos estoicamente para
que no se sintieran mal.
A los nueve meses me llegaron noticias
nefastas. En Italia había comenzado el Renacimiento Paupérrimo y en Francia el
Sentimentalismo Decadente, ambos basados en mi historia. Lo de los italianos no
me molestó mucho, pero es que los pedantes de los franceses era infumable.
Analizaban mi obra y dibujaban los traumas de mi pasado. Nunca terminé de
entender qué les hizo pensar que yo era homosexual y que tenía complejo de
Edipo.
A los diez meses pensé que debería
hacer una rueda de prensa mundial. Por un momento creí que conseguí algo bueno
cuando todos los gobiernos decidieron poner fin a las guerras, pero hubo
manifestaciones en contra. La gente no podía soportar la idea de dejar sin
trabajo a los fabricantes de armas.
Cuando la historia cumplió un año desde
su primera edición hubo una celebración mundial. Se organizaron fiestas y
desfiles en cada ciudad del mundo. No fue nadie. Volviendo a casa por las
calles vacías pensaba en cuál sería la solución. Yo, personalmente, tenía ganas
de arreglarlo a ostias, pero deseché la idea por irrealizable. Decidí ir a casa
del único amigo que había conseguido mantener la calma. Cuando leyó la historia
estaba triste, mucho más que yo al escribirla, por lo que no le afectó.
Recuerdo sus palabras: “Es una mierda sensiblona.” Tras este año seguía triste,
pero cuerdo.
“Haz la segunda parte. Que todo salga
bien. Que todos sean felices.” Su idea me pareció buena. (De hecho me dolió no
haber sido capaz de pensar en esa solución yo solo). Me puse a ello.
Terminé pronto. La historia era mala,
los diálogos nefastos y se desarrollaba toda en el mismo escenario porque no me
apetecía hacer descripciones. Funcionó.
Tardé en enterarme porque tenía miedo
de que no resultase y me encerré en casa. Me pasaba las horas decidiendo si
compraría primero una naranja (que dejaron de comercializarse por el trauma que
suponía que algunas fueran dulces y otras no) o una sandía (nunca terminé de
comprender el motivo de éstas, pero tenía algo que ver con la reproducción de
las zarigüeyas).
Sabía que la distribución llevaría algo
de tiempo, independientemente de que nuestro plan diera resultado. No obstante,
comenzaba a estar impaciente. Una mañana me desperté con las risas de unos
niños. Me asomé por la ventana y les vi jugando al fútbol.
- Chavales
- ¿Si, señor?
- ¿Por qué no os vais a tomar por culo
con la pelotita de los cojones?
Me alegré de que todo volviera a la
normalidad.