domingo, 29 de enero de 2017

La historia más triste del mundo

Ocho meses después de que escribiera la historia la situación comenzaba a ser insostenible. La mayoría de las personas que tenían empleo habían cogido la baja por depresión y los que no lo habían hecho rendían a un nivel muy bajo. La gente apenas salía a la calle. Los amigos no se veían y las familias no hablaban entre ellas. Poco a poco la tristeza se instaló en el país. Y el gris se seguiría extendiendo por el resto del mundo.

Pero remontémonos un poco en el tiempo. Hasta enero. Estaba triste. Desolado. Parecía que nada fuera a hacerme sonreír otra vez. Quería acabar con todo. Cada vez tenía más fuerza esa idea: irme. Dejar de sufrir. Decidí que lo haría la mañana del dieciocho. Tenía una semana. No quería ver a nadie porque temía que se diesen cuenta de lo que pensaba hacer, así que me encerré en casa. Entonces comencé a escribir. Escribí un cuento sencillo en el que enfoqué toda mi tristeza. A medida que iba avanzando en la historia yo era más feliz y el cuento más triste.

La mañana del dieciocho estaba radiante. Terminé la historia y me di cuenta de que hacía tiempo que era feliz. Primero lo vieron mis amigos más íntimos. Era un cuento muy simple, pero eran también varios años de sentimientos. Entre lágrimas me animaron a que lo publicara.

A los pocos meses el cuento iba por la octava edición. Ganó más de 30 premios. Al principio acudía ilusionado a las galas, pero pronto me aburrí de ver cómo la gente acudía deprimida y apesadumbrada a ellas. El momento de la entrega hacía llorar a cada persona presente en la sala. Terminé tan cansado que dejé de aceptar premios. Ni que decir tiene que eso entristecía a la gente.

A los seis meses el cuento se leía semanalmente en diferentes programas de radio y había tres series de televisión basadas en él. Los fabricantes de pañuelos y de pinturas de color gris se hicieron millonarios. Dos de ellos se suicidaron porque les entristecía ser ricos. Otros tres declararon que no lo hicieron por pena.

Pasados sietes meses había varios equipos trabajando en la traducción del cuento. Trabajaban en equipos. Cada uno se encargaba de un capítulo en concreto para no tener que releer la historia entera. No obstante, solían terminar deshidratados por pasar las ocho horas de su jornada laboral llorando. Además, con las lágrimas no distinguían las letras, por lo que muchos días de trabajo eran inútiles. Esto, por supuesto, les entristecía.

Cuando se acercaba octubre las tiendas habían retirado todo lo que daba pena y no se vendía. Es decir, me alimentaba de tofu y horchata. Durante unos días se permitió la venta de alcaparras, pero los Amigos del Alcaparro, en una protesta simbólica regaron tres de éstos árboles con sus lágrimas. Murieron ahogados. Tres días de luto oficial.

Yo mientras tanto seguía feliz. Me sentía un poco mal porque sabía que había contaminado con mi tristeza a todas esas personas, pero sabía que lo pagaba con creces. Cada vez que salía a la calle la gente era incapaz de controlar el llanto (había alcanzado cierta notoriedad). Yo, para que no se pusieran más tristes me hacía el desgraciado. Eso les entristecía. Un día salí contento y las funerarias no dieron abasto. Creían que lo hacía por ellos, que aguantaba mis sentimientos estoicamente para que no se sintieran mal.

A los nueve meses me llegaron noticias nefastas. En Italia había comenzado el Renacimiento Paupérrimo y en Francia el Sentimentalismo Decadente, ambos basados en mi historia. Lo de los italianos no me molestó mucho, pero es que los pedantes de los franceses era infumable. Analizaban mi obra y dibujaban los traumas de mi pasado. Nunca terminé de entender qué les hizo pensar que yo era homosexual y que tenía complejo de Edipo.

A los diez meses pensé que debería hacer una rueda de prensa mundial. Por un momento creí que conseguí algo bueno cuando todos los gobiernos decidieron poner fin a las guerras, pero hubo manifestaciones en contra. La gente no podía soportar la idea de dejar sin trabajo a los fabricantes de armas.

Cuando la historia cumplió un año desde su primera edición hubo una celebración mundial. Se organizaron fiestas y desfiles en cada ciudad del mundo. No fue nadie. Volviendo a casa por las calles vacías pensaba en cuál sería la solución. Yo, personalmente, tenía ganas de arreglarlo a ostias, pero deseché la idea por irrealizable. Decidí ir a casa del único amigo que había conseguido mantener la calma. Cuando leyó la historia estaba triste, mucho más que yo al escribirla, por lo que no le afectó. Recuerdo sus palabras: “Es una mierda sensiblona.” Tras este año seguía triste, pero cuerdo.

“Haz la segunda parte. Que todo salga bien. Que todos sean felices.” Su idea me pareció buena. (De hecho me dolió no haber sido capaz de pensar en esa solución yo solo). Me puse a ello.

Terminé pronto. La historia era mala, los diálogos nefastos y se desarrollaba toda en el mismo escenario porque no me apetecía hacer descripciones. Funcionó.

Tardé en enterarme porque tenía miedo de que no resultase y me encerré en casa. Me pasaba las horas decidiendo si compraría primero una naranja (que dejaron de comercializarse por el trauma que suponía que algunas fueran dulces y otras no) o una sandía (nunca terminé de comprender el motivo de éstas, pero tenía algo que ver con la reproducción de las zarigüeyas).

Sabía que la distribución llevaría algo de tiempo, independientemente de que nuestro plan diera resultado. No obstante, comenzaba a estar impaciente. Una mañana me desperté con las risas de unos niños. Me asomé por la ventana y les vi jugando al fútbol.

- Chavales

- ¿Si, señor?

- ¿Por qué no os vais a tomar por culo con la pelotita de los cojones?


Me alegré de que todo volviera a la normalidad.

sábado, 7 de enero de 2017

Miedo a la oscuridad

Una de las cosas que más temo es la oscuridad. No es que sea una persona poco valiente, es debido a mi enfermedad. Aunque no es exactamente una enfermedad, es más bien un pequeño desajuste orgánico: mi alma tiene 8’2 segundos de retraso con respecto a mi cuerpo.

Parece ser que, al nacer yo, mi alma no estaba del todo preparada, le faltaban unos retoques de última hora y llegó a mi cuerpo 8’2 segundos tarde. Desde entonces funciono con una demora de ese tiempo. No entiendo lo que me dicen, leo, veo o escucho hasta 8’2 segundos después de haberlo hecho. Tampoco siento dolor, tristeza, hambre, sed o sueño. Y tardo bastante en pillar los chistes. Quienes me conocen lo saben y tienen paciencia conmigo, me ayudan bastante.

A lo largo de la historia hemos sido pocos los que hemos sufrido esta situación. Mención aparte merece Michael Johnson, un americano que sufría un retraso de 23 horas. Se suicidó saliendo a la calle.

Por lo tanto, conociendo mi condición, es normal que le tenga miedo a la oscuridad. No sólo no veo nada, sino que, además, tardaré casi 10 segundos en reconocer lo que encuentre. Y lo que más odio (con un leve retraso) es encontrarme de repente a oscuras.

Lo que más me gusta es soñar. Soñando todo va a su tiempo, no tengo sobresaltos.

Una vez estuve enamorado. Bueno, varias, pero una de verdad. Nos tratamos bien, nos amamos, quisimos agotar todo nuestro amor, pero no pudimos. Tuvo que irse y renunciamos el uno al otro, poco a poco la perdí.

Hacía que me olvidase de todo, que todos los segundos fueran uno.
Una vez traté de conducir, por si alguna vez lo necesitaba por una urgencia. Por supuesto, tomé precauciones y fui a un descampado enorme. No lo volví a intentar y siempre llevo dinero para un taxi, por si alguna vez lo necesito por una urgencia.
Hace unos años soñé que era Michael Johnson en su último día de vida. Soñé que durante las 23 horas que estuve vivo y mi cuerpo muerto era completamente libre para hacer lo que quisiera. Al despertar quise creer que el pobre Michael había disfrutado de esas 23 horas de vida. Sus primeras 23 horas de vida.

Me encanta cocinar, porque es un reto. Mi especialidad son las pechugas villaroy. Me salen cojonudas y jamás revelaré mi secreto.

Porque no lo tengo.

Trabajo delante de un ordenador, donde no importan mucho 8’2 segundos.

Lo que más le gusta a mi hermana es asustarme. Ya no vivimos juntos, así que lo hace menos. Se esconde, espera a que aparezca y grita. Ocho segundos y dos décimas después grito yo. Se ríe. Ocho segundos y dos décimas después me río yo.

Mi psiquiatra, sin embargo, cree que mi miedo a la oscuridad es porque de pequeño viví una situación traumática a oscuras.





UUhhhh año nuevo, vida nueva, historia nueva... estoy que me salgo.