jueves, 15 de septiembre de 2016

A veces recuerdo


Pulso una tecla y adiós pensamiento. Llegó a nacer, pero no quedará aquí plasmado. El título ya no encaja. No es el primero. No sé si lo cambiaré. No quiero escribir, sólo pensar. Pensar en cosas como que antes todo era más fácil. Entonces no lo parecía, claro. Dentro de años esto me parecerá fácil, ¿no? Nunca pensé que pudiera haber exámenes más difíciles que los de Empar Marqués y jamás me creí capaz de hacer los ejercicios de Enrique. Ahora no son los profesores quienes me presionan. Hubo una época en la que odiaba a las chicas. No era por nada, simplemente por encajar, supongo. Si no las odiabas te gustaban, y eso era algo malo, muy malo. Nuestro color favorito era el negro y el suyo el rosa. Y mi madre me obligaba a beberme el batido de fresa, aunque lo odiase. Mi mente vuelve corriendo al colegio y ahí ya me gustaban las chicas. A todos nos gustaban las chicas. Si no te gustaba alguna es que te gustaba un chico, y eso era malo, muy malo. Lo normal era que te gustase Ella. Más adelante otras. Pero nunca las raritas. Éramos muy crueles. No sabíamos nada. Ahora también soy algo cruel, y dudo que sepa algo. Y otra vez a Moncada. Una vez me costó mucho dormir la siesta porque mi madre me iba a comprar una tortuga ninja. Ahora no recuerdo si al final me la compró. Siempre me daba mucha pena cuando llegaba tarde a clase, porque no me daba tiempo a despedirme de ella. A veces me guardaba una moneda de 50 céntimos en el zapato y no me daba pena. Otras veces era una de esas conchas raras que encontrábamos en El Puig y eran como ensaimadas. También lo hacía los primeros días de clase en el colegio. En el instituto creo que sólo lo hice un par de días. Hace tiempo que no lo hago, pero a veces necesitaría tantas monedas y tantas piedras en mi zapato... Supongo que es inevitable aferrarse a algo. Siempre me aferro a esperanzas, por vanas que sean. A la gente le digo que no, que espero lo peor, e incluso me intento convencer, pero en el fondo sé que no quiero pensar eso, que pienso que va a suceder lo mejor y entonces... no viene, no está, no llama, no es así... Siempre es un palo y siempre duele, pero sigo pensando que vendrá, que estará, que llamará, que será así...

Y de repente la Universidad. Y de repente soy mayor. Nadie me ha preguntado si quería serlo, pero todos han asumido que sí. Ya no soy un niño. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que aguantar cargas que no quiero? ¿Por qué tengo que tener prioridades y que renunciar a cosas y personas? ¿Por qué tengo que estar lejos? ¿Por qué las cosas son tan diferentes sin haber cambiado un ápice? ¿Porqué es o blanco o negro? ¿Por qué donde yo veo algo la gente no ve nada? ¿Por qué no veo nada en lo que la gente ve? ¿Por qué ya no puedo correr por la calle porque entonces estoy loco cuando antes lo hacía y era un niño adorable? ¿Por qué me miras así, tú que no eres nada? ¿Por qué tiene que estar mal si yo lo veo bien? 

Y vuelvo al pasado y no había presiones, y no era mayor para nadie, y nadie me necesitaba, y cuando necesitaba a alguien estaba allí, y no había ogros, y la gente era distinta, y... joder, y no había tunos...




No es nada, simplemente quería escribir algo.

domingo, 4 de septiembre de 2016

23 de Diciembre



Una vez más, como cada 23 de diciembre, las ocho personas más tristes del mundo se reunían para cenar. Algunos de ellos lo perdieron todo y otros nunca tuvieron nada. Sin embargo, ninguna de sus historias se acercaba siquiera a la del hombre que presidía la mesa cada 23 de diciembre…

Cada año, uno de los comensales contaba su desgracia durante la cena. No había nada que lo prohibiese, pero no se escuchaban otras palabras. Ninguno sabía muy bien cómo había acabado asistiendo a esas reuniones. Simplemente, un 23 de diciembre sintieron la necesidad de salir de casa y dirigirse al lugar de la cena, sentarse y escuchar. Cada miembro había llegado cuando otro no pudo asistir, bien por haber muerto, bien por ser feliz. Excepto el presidente de la mesa. Era un hombre de gestos y mirada tranquilas. Sus ojos tenían cierto brillo y de vez en cuando sonreía. Sin embargo, cualquiera que le hubiese mirado habría dicho sin dudarlo que era el hombre más triste del mundo.

Asistió a su primera cena el 23 de diciembre de 1987. Entonces no presidió la mesa, pero, con el paso de los años, se fue quedando solo. En 1999 ninguno de los asistentes a la cena tenía más antigüedad que él. Y este año le tocaba, de nuevo, contar su historia. Sólo la había contado en tres ocasiones, pero parecía que la recitase cada día. Sabía cuándo hacer las pausas y en ningún momento balbuceaba, a pesar de un leve temblor en sus labios. Tal vez para hacerla más soportable, la contaba en tercera persona, como si fuese ajeno a la historia de la persona más triste del mundo.

Él y ella habían descubierto que se querían hacía relativamente poco. A veces discutían y otras sólo sabían decirse te quiero. Sin embargo, ya sabían que se necesitaban el uno al otro para vivir. 
Ella había tenido que irse un tiempo y él iba a visitarla regularmente. Cuando no podían hacerlo, hablaban. Él notó que, al echarle de menos, ella le decía más veces que le quería y, en parte, se alegró de que se hubiese marchado. 
Una noche de despedida se hacían el amor y él vio como una lágrima se mezclaba con el sudor de su pecho. “Lloras”, dijo. “Es porque te voy a echar de menos”. Él supo que ella mentía. “Yo también”, dijo mientras la abrazaba. 
Cuando ella le llamó por su nombre se dio cuenta de lo especial que era escucharlo saliendo de su boca. Lo hacía inconscientemente, pero se esforzaba en que cada sílaba expresase lo que sentía al pensar en él. “¿Si?”, dijo él. “Te voy a echar de menos”. Esta vez cayeron tres lágrimas, tan rápido que casi parecieron una. 
“Dímelo. Qué pasa.” Los ojos de él se inundaron de lágrimas al ver los de ella. Sintió como le abrazaba y la abrazó todo lo fuerte que pudo. Recordó que había sido ella quien le enseñó a abrazar. Al escucharla susurrar se estremeció. Nunca mentía entre susurros. 
“Mañana te vas a morir. Mañana te vas a morir y yo no podré soportarlo.” No supo qué responder hasta que no le dio una explicación entrecortada por sus lloros. 
“Hoy no es hoy ni mañana será mañana. Hoy es hace siete años. Hace siete años viniste a verme y, cuando te fuiste el autobús que te llevaba al aeropuerto tuvo un accidente. Al principio lo que más me dolía era eso, que murieras en el autobús y no el avión, porque ya sabes el miedo que me dan los aviones, y me parecía tonto. Luego asumí que te habías ido y no quería vivir. Tampoco morir, porque no me atrevía. Decidí no moverme. Me senté en el suelo y esperé a que pasase el tiempo. No sé cuánto tiempo llevaba cuando apareció. No sé si era un genio, un ángel o una alucinación. Me dijo que no podía soportar mi tristeza y que me permitiría verte una vez al año. Que podría repetir este fin de semana que estoy contigo, con una sola condición: Si un año no venía te perdería para siempre. No podría volver y no podría recordarte.” 

Tras un largo silencio, él comprendió lo que pasaba. Ella no iba a volver al año siguiente. “No te preocupes”, le dijo. “Lo comprendo”. “No es que no te quiera, mi amor”, comenzaba a explicarse ella. Aunque era innecesario, pues él sabía perfectamente lo que iba a decir, la dejó continuar porque quería escuchar su voz. “Es sólo que no puedo perderte una vez más.”
 

Esa noche no durmieron. Él había tenido una idea. “No me olvidarás. Escribiré nuestra historia y podrás recordarla siempre que quieras”. Juntos resumieron cada día que habían pasado juntos y ella, por fin, se sintió aliviada. Dejaron plasmado cada momento que habían pasado juntos mediante recuerdos, lágrimas y palabras.
Al día siguiente él se subió en el autobús. No tenía miedo, pero estaba algo impaciente. Llegaron al aeropuerto ante su perplejidad. Subió al avión y llegó a su ciudad. Dos meses después, el 23 de diciembre, asistió por primera vez a la cena.

Todos guardaron silencio. Sólo lloró él. Al fin y al cabo, aunque su historia fuese triste, las de los demás comensales también y tenían que ahorrar sus lágrimas.