El caso es que la vida es decidir. A veces esas decisiones no parecen afectarnos. Otras pueden cambiar tu vida. Sé mucho de esto. Decidí y me equivoqué. No me importa. No me gusta nada perder, pero por una cuestión de orgullo. Por lo demás me da igual. No tengo nada que perder, tampoco nada que ganar. Supongo que por eso acepté, es decir, decidí. ¿Y me equivoqué? Tal vez no en la decisión, tal vez sí.
Vamos escribiendo nuestras vidas con nuestras decisiones. Algunas vidas están bien escritas. Otras son algo así como best-sellers, influyen en mucha gente. La mayoría pasan desapercibidas para casi todo el mundo. Obruchas mediocres que nadie nunca releerá. ¿La mía? No creo que sea especial, tal vez algo diferente a la de la mayoría. Tampoco mucho. Me fijé mucho en mis decisiones. Eso no quiere decir que las meditase mucho, quiere decir que fui consciente al tomarlas. ¿Por qué lo hice? Supongo que me gusta saber el porqué de las cosas. Por ejemplo, cualquiera diría que el estar hoy aquí en la cárcel es fruto de una decisión que tomé hace poco. No lo es en absoluto. Hay que remontarse a las primeras páginas del libro de mi vida...
No recuerdo exactamente el día. Creo que era par, pero dudo entre dos fechas. El mes si lo recuerdo: Marzo. Si, Marzo de hace 7 años. ¿El tiempo? Me parece que era un día gris, pero no puedo asegurarlo. Hay recuerdos que no encajan en días soleados.
Sin embargo ese sí que lo era. El día que entré en prisión era un día soleado. ¿Lo recordaré así dentro de unos años? También era soleado el día que tomé la segunda decisión que me trajo aquí. No es que lo recuerde, pero fue en Julio cuando decidí matar a un hombre, por lo que probablemente fuera un día soleado. La verdad es que no me lo pensé mucho, pero quería que el cabrón que me ofreció el trabajo sufriera un poco. Bueno, la verdad es que casi no le conozco, pero si pagas a alguien por que mate a otra persona eres un cabrón. Un cabrón que quería darme explicaciones. Explicaciones que yo no quería oír. Principalmente porque me daba absolutamente igual, pero también influí el hecho de que sabía que intentaba que yo le disculpara. El muy capullo iba a pagarme porque matase a una persona y se sentía mal. Y yo que iba a matarla estaba tan tranquilo. Ya me daba igual. Lo hacía porque no perdía nada. Ya lo había perdido todo hacía tiempo por una estúpida decisión...
No me apetecía ir a clase. No soportaba a casi ninguno de los gilipollas que había allí. Empezando por la profesora y acabando por la guapa, pasando por empollones, graciosos o raritos. Merecían la pena tres o cuatro y con ellos fui al parque. Es posible que empezase a llover, o tal vez simplemente hiciera mucho frío. El caso es que algunos se fueron a un bar y otros a clase. Yo me fui a casa. No parece nada del otro mundo, ¿verdad? Pues aquello cambió mi vida.
Empezaban a aparecer oscuros nubarrones. Mejor, así no tendría que recordar ese día como uno soleado. Los días malos son grises. Tiene que ser así. En la naturaleza los animales venenosos advierten a los demás que lo son mediante colores. En el página a página, por continuar con la patética metáfora, de nuestras vidas, eran las nubes las que avisan de cuán venenoso será el nuevo día. Tal vez si lo hubiera sabido entonces no habría ido a casa...
Pero fui. No sabía si habría alguien, tampoco me importaba. O eso creía. Abrí la puerta y vi más desorden del habitual. Éramos unos jodidos cerdos, pero no tirábamos las mesas por los suelos. Escuché golpes en la cocina y allí me dirigí. Me considero algo así como un "tipo duro", pero todavía me es raro recordar esas imágenes. Mi madre era una puta, pero al menos a veces demostraba cariño hacia mí y no merecía que el borracho de mi padre la diera una paliza. Le dije que parase y me tiró una botella a la cabeza. A estas alturas de mi vida todavía no he descubierto si fue realmente ese el detonante o lo que había visto antes. El caso es que fue una de las pocas veces en las que no sé muy bien porqué actué. Simplemente cogí un cuchillo y se lo clavé a mi padre. A mi propio padre, pensaba cada vez que lo volvía a introducir en su pecho. Lo que nunca imaginé fue que mi madre fuera entonces a golpearme también. Mal hecho mamá. Supongo que tú tampoco te tomaste tu tiempo para pensar. Para serte sincero me dolió muchísimo más matarte a tí. Supongo que por eso en tu caso fui directo al corazón. Supongo que por eso te besé entre lágrimas mientras llenabas la cocina de sangre. Entre lágrimas...
Jodidas lágrimas. Se supone que son un mecanismo de defensa y no hacen más que nublar la vista. ¿Cómo me voy a defender si apenas puedo ver? Me costó, pero desde entonces no lloro excepto al recordar ese momento. No lloré cuando me cargué a ese tío. No lloré cuando tuve que matar también a su hijo de ¿cuatro? ¿cinco años? por el simple hecho de haberme visto. Por supuesto no lloré cuando reventé la cabeza del capullo que me pagaba cuando se dio cuenta de que todo se le había ido de las manos. No lloré cuando la policía vino a por mí y no lloré al conocer la sentencia. Y no creo que vuelva a hacerlo. No tengo porqué recordar otra vez qué me ha traído aquí. Son decisiones pasadas y nada puedo hacer respecto a ellas. Me dedicaré a meditar cada nuevo capítulo que aparezca en el libro de mi vida...
