jueves, 1 de noviembre de 2018

Yo soy la ONU (by Santi Balmes)

Hace como un millón de años que tengo eso que dicen el bloqueo del escritor. Bueno, más bien bloqueo a secas, ya que para la segunda parte de este titulo me falta mucho. 
Pero la vida te da sorpresas. Y hablando con cierta persona, se mencionó un libro (de donde sale el texto), se mencionó el hecho de escribir, y me inspiró. Nunca sabes que va a pasar, y aunque crea que mi torpeza creativa solo es comparable a mi torpeza social, "Del agua estancada espera veneno" que dijo W. Blake. Así que quiero intentar dejar de estancarme, y eso exige acción. 
Pero hoy no es ese día en el que la inspiración llega fácil. Hoy comparto un texto de una persona que admiro enormemente, un artista maravilloso. Y sin duda, un texto que me define a la perfección. Es un paso.
Saludos a mi mismo, que se que me leo de vez en cuando, aunque sea en un lapso de años.
A veces mi bloqueo no lo arregla nadie. Ni siquiera la OTAN. No procede del exterior, sino que fue decretado por un tal YO, ejerciendo de Presidente de Sí Mismo, supuestamente en beneficio de su unidad nacional.

Soy algo así como Corea del Norte, sin ir uniformado ni desfilando en procesión de autómata lobotomizado. No. Tampoco hay para tanto. Es una cerrazón subjetiva y emocional. No es que amenace a mis vecinos con romperles los cristales o sus bolas peludas de una patada si no me dejan vivir en paz. Quizás he puesto a ese Estado como ejemplo exagerado, pero tú ya me entiendes, hablo de momentos transitorios donde me convierto en una piedra que únicamente transmite opacidad. En mis ojos, la luz de más de un prójimo ha salido rebotada. Es evidente que en algunos momentos yo he sido Corea. En el fondo, he deseado ser intervenido y derrocado.

Pero insisto. No me dejes. Es puntual. Te pondré otros ejemplos y verás que yo soy la ONU.

Cuando llega la noche, únicamente en ese momento, soy Jamaica. Sonrío entre campanas de humo y pienso que todo esta bien, my friend. Aunque no lo esté en absoluto.

Otras veces soy un cubo elaborando conceptos sagaces como Alemania. ideas claras. Con sus lados y aristas. Elucubraciones geométricas. Teorías como cubos, perfectamente ordenadas. Momentos en los que acabaría con el caos y la ineptitud a golpe de pistola.

Ah, y en otras ocasiones he copiado como China. He plagiado vilmente melodías, gestos, personalidades, aunque luego ha aparecido mi pequeña Francia y se ha rebelado de tal manera ante tamañas inmoralidades que me he sometido a mí mismo a un juicio popular, me he requisado todo bien usurpado, me he encerrado en la Bastilla, incluso me he decapitado.

Por cierto, como China, también me he sentido viejo, milenario.

He sido la Australia de mí mismo. Algunas veces me he convertido en la más patética antiimagen. He personificado todo lo contrario a mis ideas y mis sueños. Me he visto trajeado frente a un monitor insípido. He intentado tragarme con embudo los sueños de otro ser humano, pero sus ambiciones caían por las comisuras de mis labios y no había nada que hacer excepto largarme a dar la vuelta al mundo, como mínimo a mi mundo. Nada más y nada menos que a recuperar mi eje planetario. Creo que ese viaje era importante.

He sido mis Antípodas: he odiado donde debería haber querido, y he ignorado donde debería haber perdonado. Y al revés, para mi desgracia, también he obrado.

A veces soy una jungla de ideas. Un amazonas donde todos los animales salbajes de mi mente-ecosistema, lo has oído bien, todos los bichos buenos y todos los malos, croan, gruñe, ululan, chapotean, estrujan, babosean, acarician, pican, comen, follan, cazan, desgarran, devoran, vigilan, nadan, amamantan. He sido tan variopinto como provisto de color. Un YO tan complejo como la selva. He sido, en definitiva, la puta vida en su estado más salvaje y creativo.

Sin embargo, en otros momentos tengo el cerebro tan seco y tristemente vacío como una nuez podrida y un polvorón navideño de almendra, desnudo de embalaje. Nuez podrida y polvorón, abandonados a su suerte en una duna que hierve en el desierto del Sahara.

A pleno Sol.

¡Mira el mazapán de mi nulidad mental, está siendo desintegrado por el viento, migaja a migaja! ¿Es un espectáculo dantesco? No sé qué decirte, yo no diría en absoluto que es para tanto, al menos a mí no me importa en absoluto. No me importa una mierda, en estos preciosos instantes. Incluso entonces pienso que es bonito ver cómo uno se descompone. No podrás verlo cuando estés muerto.

A veces pongo la mente en blanco, o detecto lapsus, y en otras ocasiones, de tanto vacío que me noto por dentro, creo que no tengo un "dentro" y que no estoy bien acabado. Algunas noches, de tan vacío, me siento un depravado.

Pero entonces sucede el milagro en el desierto, en mi desierto. Algo así como una lluvia, o la llegada de la fría y negra noche abisal. Como te decía, todo vacío en mí es también transitorio. Por las cuestiones que sean, no puedo permitirme pasar demasiados días viviendo en mi pequeña duna, en ninguna circunstancia: ni en el cegador sol diurno ni a la intemperie iluminada por un firmamento repleto de estrellas cuyo calor no nos llega y cuya luz nos parece helada. Las insolaciones van caras, se tornan delirio, y la hipotermia nocturna existencial sucede, vaya si sucede. Aunque el proceso sea lento, la soledad te empapa los huesos con su escarcha.

Los pensamientos, en una mente desértica, parecen alucinaciones.

En otras ocasiones he sido del no-país de los gitanos. He sido fiel a mis costumbres, y leal a mi propio caos. He tenido aquel duende dentro de mí y me he sentido maldito, como si de mi piel surgiera un tatuaje portuario. He visto a los demás como simples payos, gente sin gracia, sosainas sabiondos, gente de la que aprovecharse, unos autenticos pringados.

Ah, maldita sea. He malgastado el dinero como un centro comercial en la Arabia Saudita. He vilipendiado el vil metal, o el vil plástico, como si su banda magnética pretendiera desimantar. He arrojado el dinero por la puta ventana, como si no lo quisiera, cosas de ser un buen culpable judeocristiano. He malgastado el dinero como si no lo hubiera merecido. Pero a veces he pensado, dentro de mi Arabia Saudita, que si no malgastas el dinero, será el dinero el que acabe malgastándote a ti.

He sido orgulloso como Inglaterra. Pirata. Cuco. Estratega. Arrogante. Excéntrico. Monárquico de mí mismo.

He sido comerciante cual Fenicia.

He amado la vida como aquel cura sátiro de la Toscana.

He sido tan hedonista como lo son los valencianos, y he pensado que soy el centro oculto de lmundo, como lo siente mi tierra bañada por el Mediterráneo. Del mismo modo que una Catalunya entera, he sido grosero, un grano en el culo del casposo, surrealista e innovador, conservador y realista, currante hasta la extenuación, iconoclasta, educado, políglota, meritocrático, desconfiado e insolente con aquel que parece haber comprado un título nobiliario.

He sido España, He sido místico. He sido histórico, histérico, he sido lírico y he sido un maldito bocazas. He sido variado, pintoresco, primario, poco dado al diálogo. He antepuesto la vida al trabajo, aunque otras veces he sido Japón, todo lo contrario.

He tenido tentaciones suicidas como todo japonés de bien.

He sido México, visceral y apasionado.

He sido Sodoma y Gomorra, aunque sólo de pensamiento.

He sido rival de mí mismo, como Oriente Medio. Me he lanzado misiles y a veces me he hecho daño.

He sido absurdo como el nombre de La Haya, y permisivo como Ámsterdam.

A veces, pensando y pensando, he llegado al Himalaya.

He sido enigmático, como la URSS del pasado y la Rusia del presente.

Ignorado como el reino de Bután.

Exótico como Singapur.

Adolescente, egoísta, optimista y demagógico, como Estados Unidos.

He sido silencioso y he vivido partes de mi vida de la manera más tranquila y discreta posible. No he generado noticias: ni buenas, ni terribles. Exactamente como Canadá.

A veces he sido invadido como el Tíbet.

Aunque siempre me he liberado.

He sido neutral, como Suiza, rodeado de mis montañas de nieves perpetuas.

He sido la fiesta de Brasil a las doce, y a las cuatro de la mañana me he reconocido como una Haití devastada.

He sido una república bananera.

He sido Siberia.

He sido el Caribe.

He sido los Balcanes, los Urales, y he sido tierra de volcanes, sublevados. 

Yo soy la ONU.

lunes, 6 de marzo de 2017

- Inserte aquí el nombre que le de la gana -

Te odio, porque eres magnetismo.
Te odio, porque eres arte.
Te odio, porque eres un planeta,
y me atraes con una gravedad irresistible.

Te odio, porque tu sonrisa me hace viajar.
Te odio, porque tus ojos me hacen soñar.
Te odio, porque te quiero odiar,
porque del amor al odio hay un paso.

Y ese paso es vértigo, y es miedo.
Y ese paso, es aventura, y es vida.

Te odio, para no quererte.
Te odio, para quererte más.

domingo, 29 de enero de 2017

La historia más triste del mundo

Ocho meses después de que escribiera la historia la situación comenzaba a ser insostenible. La mayoría de las personas que tenían empleo habían cogido la baja por depresión y los que no lo habían hecho rendían a un nivel muy bajo. La gente apenas salía a la calle. Los amigos no se veían y las familias no hablaban entre ellas. Poco a poco la tristeza se instaló en el país. Y el gris se seguiría extendiendo por el resto del mundo.

Pero remontémonos un poco en el tiempo. Hasta enero. Estaba triste. Desolado. Parecía que nada fuera a hacerme sonreír otra vez. Quería acabar con todo. Cada vez tenía más fuerza esa idea: irme. Dejar de sufrir. Decidí que lo haría la mañana del dieciocho. Tenía una semana. No quería ver a nadie porque temía que se diesen cuenta de lo que pensaba hacer, así que me encerré en casa. Entonces comencé a escribir. Escribí un cuento sencillo en el que enfoqué toda mi tristeza. A medida que iba avanzando en la historia yo era más feliz y el cuento más triste.

La mañana del dieciocho estaba radiante. Terminé la historia y me di cuenta de que hacía tiempo que era feliz. Primero lo vieron mis amigos más íntimos. Era un cuento muy simple, pero eran también varios años de sentimientos. Entre lágrimas me animaron a que lo publicara.

A los pocos meses el cuento iba por la octava edición. Ganó más de 30 premios. Al principio acudía ilusionado a las galas, pero pronto me aburrí de ver cómo la gente acudía deprimida y apesadumbrada a ellas. El momento de la entrega hacía llorar a cada persona presente en la sala. Terminé tan cansado que dejé de aceptar premios. Ni que decir tiene que eso entristecía a la gente.

A los seis meses el cuento se leía semanalmente en diferentes programas de radio y había tres series de televisión basadas en él. Los fabricantes de pañuelos y de pinturas de color gris se hicieron millonarios. Dos de ellos se suicidaron porque les entristecía ser ricos. Otros tres declararon que no lo hicieron por pena.

Pasados sietes meses había varios equipos trabajando en la traducción del cuento. Trabajaban en equipos. Cada uno se encargaba de un capítulo en concreto para no tener que releer la historia entera. No obstante, solían terminar deshidratados por pasar las ocho horas de su jornada laboral llorando. Además, con las lágrimas no distinguían las letras, por lo que muchos días de trabajo eran inútiles. Esto, por supuesto, les entristecía.

Cuando se acercaba octubre las tiendas habían retirado todo lo que daba pena y no se vendía. Es decir, me alimentaba de tofu y horchata. Durante unos días se permitió la venta de alcaparras, pero los Amigos del Alcaparro, en una protesta simbólica regaron tres de éstos árboles con sus lágrimas. Murieron ahogados. Tres días de luto oficial.

Yo mientras tanto seguía feliz. Me sentía un poco mal porque sabía que había contaminado con mi tristeza a todas esas personas, pero sabía que lo pagaba con creces. Cada vez que salía a la calle la gente era incapaz de controlar el llanto (había alcanzado cierta notoriedad). Yo, para que no se pusieran más tristes me hacía el desgraciado. Eso les entristecía. Un día salí contento y las funerarias no dieron abasto. Creían que lo hacía por ellos, que aguantaba mis sentimientos estoicamente para que no se sintieran mal.

A los nueve meses me llegaron noticias nefastas. En Italia había comenzado el Renacimiento Paupérrimo y en Francia el Sentimentalismo Decadente, ambos basados en mi historia. Lo de los italianos no me molestó mucho, pero es que los pedantes de los franceses era infumable. Analizaban mi obra y dibujaban los traumas de mi pasado. Nunca terminé de entender qué les hizo pensar que yo era homosexual y que tenía complejo de Edipo.

A los diez meses pensé que debería hacer una rueda de prensa mundial. Por un momento creí que conseguí algo bueno cuando todos los gobiernos decidieron poner fin a las guerras, pero hubo manifestaciones en contra. La gente no podía soportar la idea de dejar sin trabajo a los fabricantes de armas.

Cuando la historia cumplió un año desde su primera edición hubo una celebración mundial. Se organizaron fiestas y desfiles en cada ciudad del mundo. No fue nadie. Volviendo a casa por las calles vacías pensaba en cuál sería la solución. Yo, personalmente, tenía ganas de arreglarlo a ostias, pero deseché la idea por irrealizable. Decidí ir a casa del único amigo que había conseguido mantener la calma. Cuando leyó la historia estaba triste, mucho más que yo al escribirla, por lo que no le afectó. Recuerdo sus palabras: “Es una mierda sensiblona.” Tras este año seguía triste, pero cuerdo.

“Haz la segunda parte. Que todo salga bien. Que todos sean felices.” Su idea me pareció buena. (De hecho me dolió no haber sido capaz de pensar en esa solución yo solo). Me puse a ello.

Terminé pronto. La historia era mala, los diálogos nefastos y se desarrollaba toda en el mismo escenario porque no me apetecía hacer descripciones. Funcionó.

Tardé en enterarme porque tenía miedo de que no resultase y me encerré en casa. Me pasaba las horas decidiendo si compraría primero una naranja (que dejaron de comercializarse por el trauma que suponía que algunas fueran dulces y otras no) o una sandía (nunca terminé de comprender el motivo de éstas, pero tenía algo que ver con la reproducción de las zarigüeyas).

Sabía que la distribución llevaría algo de tiempo, independientemente de que nuestro plan diera resultado. No obstante, comenzaba a estar impaciente. Una mañana me desperté con las risas de unos niños. Me asomé por la ventana y les vi jugando al fútbol.

- Chavales

- ¿Si, señor?

- ¿Por qué no os vais a tomar por culo con la pelotita de los cojones?


Me alegré de que todo volviera a la normalidad.

sábado, 7 de enero de 2017

Miedo a la oscuridad

Una de las cosas que más temo es la oscuridad. No es que sea una persona poco valiente, es debido a mi enfermedad. Aunque no es exactamente una enfermedad, es más bien un pequeño desajuste orgánico: mi alma tiene 8’2 segundos de retraso con respecto a mi cuerpo.

Parece ser que, al nacer yo, mi alma no estaba del todo preparada, le faltaban unos retoques de última hora y llegó a mi cuerpo 8’2 segundos tarde. Desde entonces funciono con una demora de ese tiempo. No entiendo lo que me dicen, leo, veo o escucho hasta 8’2 segundos después de haberlo hecho. Tampoco siento dolor, tristeza, hambre, sed o sueño. Y tardo bastante en pillar los chistes. Quienes me conocen lo saben y tienen paciencia conmigo, me ayudan bastante.

A lo largo de la historia hemos sido pocos los que hemos sufrido esta situación. Mención aparte merece Michael Johnson, un americano que sufría un retraso de 23 horas. Se suicidó saliendo a la calle.

Por lo tanto, conociendo mi condición, es normal que le tenga miedo a la oscuridad. No sólo no veo nada, sino que, además, tardaré casi 10 segundos en reconocer lo que encuentre. Y lo que más odio (con un leve retraso) es encontrarme de repente a oscuras.

Lo que más me gusta es soñar. Soñando todo va a su tiempo, no tengo sobresaltos.

Una vez estuve enamorado. Bueno, varias, pero una de verdad. Nos tratamos bien, nos amamos, quisimos agotar todo nuestro amor, pero no pudimos. Tuvo que irse y renunciamos el uno al otro, poco a poco la perdí.

Hacía que me olvidase de todo, que todos los segundos fueran uno.
Una vez traté de conducir, por si alguna vez lo necesitaba por una urgencia. Por supuesto, tomé precauciones y fui a un descampado enorme. No lo volví a intentar y siempre llevo dinero para un taxi, por si alguna vez lo necesito por una urgencia.
Hace unos años soñé que era Michael Johnson en su último día de vida. Soñé que durante las 23 horas que estuve vivo y mi cuerpo muerto era completamente libre para hacer lo que quisiera. Al despertar quise creer que el pobre Michael había disfrutado de esas 23 horas de vida. Sus primeras 23 horas de vida.

Me encanta cocinar, porque es un reto. Mi especialidad son las pechugas villaroy. Me salen cojonudas y jamás revelaré mi secreto.

Porque no lo tengo.

Trabajo delante de un ordenador, donde no importan mucho 8’2 segundos.

Lo que más le gusta a mi hermana es asustarme. Ya no vivimos juntos, así que lo hace menos. Se esconde, espera a que aparezca y grita. Ocho segundos y dos décimas después grito yo. Se ríe. Ocho segundos y dos décimas después me río yo.

Mi psiquiatra, sin embargo, cree que mi miedo a la oscuridad es porque de pequeño viví una situación traumática a oscuras.





UUhhhh año nuevo, vida nueva, historia nueva... estoy que me salgo.