lunes, 31 de agosto de 2015

La Calle Fortuny

Hace bastante tiempo, en el mundo de los cuentos, hubo una revolución. En ella, brujas, piratas, dragones, príncipes malvados y madrastras se levantaron contra el gobierno establecido, en la ciudad de Cosmos. En ella, sembraron la destrucción disparando, quemando, atravesando y convirtiendo en sapo a todo aquel que se atreviese a salir a la calle.

Mientras tanto, el comité de sabios del gobierno trataba de encontrar una solución: no bastaba con enviar a los héroes de forma desordenada. Además, muchos de ellos no podían luchar: Peter Pan se había hecho mayor, Caperucita estaba embarazada, Pinocho tenía sinusitis… Decidieron, pues, organizar una defensa ordenada a base de barricadas. Así, en las calles más importantes se empezaron a colocar calabazas, que más tarde se convirtieron en carretas, para impedir el paso de los insurrectos; y carretas, que más tarde se convirtieron en calabazas, para alimentar a los defensores. Al frente de cada barricada se colocó a un valeroso guerrero: Doc Holiday en la calle del 18 de febrero, John McClane en la calle de la Plaza, Tarzán en la del Balcón, Eduardo Manostijeras en la calle Mayor… La ciudad de Cosmos estaba preparada para resistir la batalla que no tardó en empezar.

Sin embargo, en las calles más lejanas la situación era distinta. Nadie sabía lo que ocurría en el centro y la vida transcurría con normalidad. Todos los jóvenes estudiaban para convertirse en príncipes, caballeros, o príncipes-caballeros. Las mujeres, por su parte, esperaban con ansia el día en que pasarían de ser doncellas para convertirse en princesas. Y el Trovador, un miedica que aspiraba a ser un héroe para enamorar a su amada, componía en la calle Fortuny.

Pero, con el tiempo, las noticias llegaron a la calle Fortuny. Los jóvenes, raudos, prepararon su barricada, y las jóvenes, raudas, ataron sus pañuelos en las lanzas de sus enamorados. El Trovador, por su parte, vio en esta la gran ocasión para que Susurro, su amada, cayese rendida a sus brazos; así que se alistó. Por un azar del destino (y porque manipuló la votación) salió elegido jefe de la barricada. Así que, con todo preparado, esperaron la embestida de sus enemigos.

Tras un tiempo, en el centro de la ciudad, se sofocó la insurrección. Tras un tiempo, en la calle Fortuny, seguían esperando. En el mundo de los cuentos no había ni radio, ni televisión ni teléfonos, por lo que nada sabían. Y siguieron esperando.

El ambiente en la barricada era cada vez más tenso. Todos los jóvenes veían cómo sus sueños de un rápido ascenso a la heroicidad se difuminaban en una interminable espera. El trovador, además, veía cómo Susurro se olvidaba de él. Y siguieron esperando.

Varios años pasaron en el mundo de los cuentos, varias nuevas historias se inventaron, y otras se olvidaron, como la de la calle Fortuny. Susurro no recordaba ya a su trovador. Las amadas no recordaban ya a sus, en otro tiempo, héroes. Ellos, mientras tanto, siguieron esperando.

Pero sucedió que, un día, el mundo de las pesadillas decidió conquistar el de los cuentos y, para hacerlo, decidió entrar por una calle desconocida, borrada hacía tiempo de los mapas: la calle Fortuny.

Entonces, una mañana, los vigías pudieron alertar como siempre habían soñado a sus camaradas de la barricada y estos defendieron como tantas veces habían imaginado. La batalla estaba siendo épica, pero las pesadillas eran más numerosas y empezaban a ganar terreno. Entonces, una figura surgió en el punto más alto de la barricada armada con una flauta. Y comenzó a tocar.

De pronto, por todas las calles de la ciudad Cosmos se escuchó una melodía que, por alguna razón, hacía a los habitantes dirigirse hacia ella. Así, poco a poco, iban llegando refuerzos a la barricada de la calle Fortuny, hasta que consiguieron repeler el ataque.



A la mañana siguiente, todos los miembros de la barricada estaban siendo nombrados héroes. Sólo faltaba el trovador, al que todos buscaban y al que no encontraron hasta días después, cuando salió, de la mano de Susurro, de la calle Fortuny.

jueves, 16 de julio de 2015

Decisiones

La vida son todo decisiones, no es ningún secreto. Más de una persona pretendidamente sabia ha creído conocer un gran secreto por saber algo tan universal. La gente suele creerse muy importante cuando en realidad no lo es. Si crees haber descubierto algo probablemente estés equivocado, si no ya lo habría pensado alguien antes que tú. Alguien solía decirme eso. Tal vez fuera mi padre.
El caso es que la vida es decidir. A veces esas decisiones no parecen afectarnos. Otras pueden cambiar tu vida. Sé mucho de esto. Decidí y me equivoqué. No me importa. No me gusta nada perder, pero por una cuestión de orgullo. Por lo demás me da igual. No tengo nada que perder, tampoco nada que ganar. Supongo que por eso acepté, es decir, decidí. ¿Y me equivoqué? Tal vez no en la decisión, tal vez sí.

Vamos escribiendo nuestras vidas con nuestras decisiones. Algunas vidas están bien escritas. Otras son algo así como best-sellers, influyen en mucha gente. La mayoría pasan desapercibidas para casi todo el mundo. Obruchas mediocres que nadie nunca releerá. ¿La mía? No creo que sea especial, tal vez algo diferente a la de la mayoría. Tampoco mucho. Me fijé mucho en mis decisiones. Eso no quiere decir que las meditase mucho, quiere decir que fui consciente al tomarlas. ¿Por qué lo hice? Supongo que me gusta saber el porqué de las cosas. Por ejemplo, cualquiera diría que el estar hoy aquí en la cárcel es fruto de una decisión que tomé hace poco. No lo es en absoluto. Hay que remontarse a las primeras páginas del libro de mi vida...

No recuerdo exactamente el día. Creo que era par, pero dudo entre dos fechas. El mes si lo recuerdo: Marzo. Si, Marzo de hace 7 años. ¿El tiempo? Me parece que era un día gris, pero no puedo asegurarlo. Hay recuerdos que no encajan en días soleados.

Sin embargo ese sí que lo era. El día que entré en prisión era un día soleado. ¿Lo recordaré así dentro de unos años? También era soleado el día que tomé la segunda decisión que me trajo aquí. No es que lo recuerde, pero fue en Julio cuando decidí matar a un hombre, por lo que probablemente fuera un día soleado. La verdad es que no me lo pensé mucho, pero quería que el cabrón que me ofreció el trabajo sufriera un poco. Bueno, la verdad es que casi no le conozco, pero si pagas a alguien por que mate a otra persona eres un cabrón. Un cabrón que quería darme explicaciones. Explicaciones que yo no quería oír. Principalmente porque me daba absolutamente igual, pero también influí el hecho de que sabía que intentaba que yo le disculpara. El muy capullo iba a pagarme porque matase a una persona y se sentía mal. Y yo que iba a matarla estaba tan tranquilo. Ya me daba igual. Lo hacía porque no perdía nada. Ya lo había perdido todo hacía tiempo por una estúpida decisión...
No me apetecía ir a clase. No soportaba a casi ninguno de los gilipollas que había allí. Empezando por la profesora y acabando por la guapa, pasando por empollones, graciosos o raritos. Merecían la pena tres o cuatro y con ellos fui al parque. Es posible que empezase a llover, o tal vez simplemente hiciera mucho frío. El caso es que algunos se fueron a un bar y otros a clase. Yo me fui a casa. No parece nada del otro mundo, ¿verdad? Pues aquello cambió mi vida.

Empezaban a aparecer oscuros nubarrones. Mejor, así no tendría que recordar ese día como uno soleado. Los días malos son grises. Tiene que ser así. En la naturaleza los animales venenosos advierten a los demás que lo son mediante colores. En el página a página, por continuar con la patética metáfora, de nuestras vidas, eran las nubes las que avisan de cuán venenoso será el nuevo día. Tal vez si lo hubiera sabido entonces no habría ido a casa...

Pero fui. No sabía si habría alguien, tampoco me importaba. O eso creía. Abrí la puerta y vi más desorden del habitual. Éramos unos jodidos cerdos, pero no tirábamos las mesas por los suelos. Escuché golpes en la cocina y allí me dirigí. Me considero algo así como un "tipo duro", pero todavía me es raro recordar esas imágenes. Mi madre era una puta, pero al menos a veces demostraba cariño hacia mí y no merecía que el borracho de mi padre la diera una paliza. Le dije que parase y me tiró una botella a la cabeza. A estas alturas de mi vida todavía no he descubierto si fue realmente ese el detonante o lo que había visto antes. El caso es que fue una de las pocas veces en las que no sé muy bien porqué actué. Simplemente cogí un cuchillo y se lo clavé a mi padre. A mi propio padre, pensaba cada vez que lo volvía a introducir en su pecho. Lo que nunca imaginé fue que mi madre fuera entonces a golpearme también. Mal hecho mamá. Supongo que tú tampoco te tomaste tu tiempo para pensar. Para serte sincero me dolió muchísimo más matarte a tí. Supongo que por eso en tu caso fui directo al corazón. Supongo que por eso te besé entre lágrimas mientras llenabas la cocina de sangre. Entre lágrimas...

Jodidas lágrimas. Se supone que son un mecanismo de defensa y no hacen más que nublar la vista. ¿Cómo me voy a defender si apenas puedo ver? Me costó, pero desde entonces no lloro excepto al recordar ese momento. No lloré cuando me cargué a ese tío. No lloré cuando tuve que matar también a su hijo de ¿cuatro? ¿cinco años? por el simple hecho de haberme visto. Por supuesto no lloré cuando reventé la cabeza del capullo que me pagaba cuando se dio cuenta de que todo se le había ido de las manos. No lloré cuando la policía vino a por mí y no lloré al conocer la sentencia. Y no creo que vuelva a hacerlo. No tengo porqué recordar otra vez qué me ha traído aquí. Son decisiones pasadas y nada puedo hacer respecto a ellas. Me dedicaré a meditar cada nuevo capítulo que aparezca en el libro de mi vida...

miércoles, 15 de julio de 2015

Reflexión, by Alejandro Jodorowsky

El primero es un acto poético:
Ama tu ciudad: antes de salir a pisar la calle, perfuma las suelas de tus zapatos.

El segundo se relaciona con el ego emocional:
Acuesta a tu pareja en la cama, desnuda, y bésala desde la punta de los pies hasta la cabeza, lentamente, en cada una de las porciones y rincones de su cuerpo, sin dejar ni una, mientras vas diciéndole: "Eres amada, eres amada, eres amada...". Así durante tres o cuatro horas... ¡Un cuerpo, recorrido milímetro a milímetro, es casi infinito!

El tercero:
Ante una conversación importante, ponte antes miel en la boca. Que tus palabras sean dulces, ¡aunque hables con tu enemigo!

El cuarto:
El lenguaje es el más alto producto del sistema nervioso. El lenguaje modifica la médula nerviosa de las personas. Si insultas, ¡te perjudicas! Sánate con poesía.
Escribe un poema cada mañana. Yo lo hago. Recomiendo a todos los que lean esto que lo hagan.

domingo, 5 de julio de 2015

El otro día hablé con un pájaro

El otro día hablé con un pájaro. Nunca antes lo había hecho y creo que también fue su primera vez. Me contó que la famosa fase de "me lo ha dicho un pajarito" era verdad en parte. Me dijo que los pájaros no solían hablar con las personas porque les aburríamos y que cuando lo hacían no era para contarnos cuándo era el cumpleaños de un niño o las notas que había sacado. Solían emplear esas charlas, decía, para cosas más útiles. Algunos, por ejemplo, habían inspirado grandes obras literarias con sus conversaciones.

La verdad es que me sorprendió lo bien que hablaba y lo fluido de la charla, aunque, como ya he dicho, era la primera vez que hablaba con un pájaro, por lo que no estaba acostumbrado. Por ello me costó entenderle al principio, pues empleaba metáforas constantemente.
Sólo por curiosidad le enseñé una foto y le pedí que la describiera. Nunca tildó el cabello de un color determinado, sino que lo comparó con las hojas otoñales, con un amanecer. Los labios no fueron fresa, sino un pliegue por el que amanecían sonrisas y los ojos fueron, para él, el comienzo del otoño, tantas veces buscado... 

Después de esta descripción seguimos hablando, pero le notaba distinto. Le pregunté que qué le pasaba y me pidió que le llevase a esos ojos, que quería verlos en persona. No podía negarme, pero no podíamos llegar allí andando, así que me confesó un secreto. Me dijo que él podía convertirme en pájaro y dejarme volar con él, pero que, a cambio, yo tenía que guardar todos los secretos que descubriría siendo pájaro. Una vez prometido fuimos volando hasta unos montes infinitos en los que tan sólo había dos personas. Ambas me resultaban familiares. Una era la portadora de tan maravillosos ojos. De la otra sabía todo, aunque nunca había hablado con ella. 

Al volver le prometí de nuevo a mi compañero de viaje no revelar nada de lo descubierto. Después desapareció. No he vuelto a hablar con él, pero espero impaciente nuestra próxima charla.


miércoles, 1 de julio de 2015

Des-Ahogarse

El mundo está cada vez más lleno de gente, faltan personas.
Encontrar una persona interesante es uno de los mayores desafíos que se nos presentan en la vida, algunos tienen suerte y encuentran varias, otros, también con esa misma fortuna, encuentran una sola.
Pero hay algunos que no la encuentran, no porque no exista alguien que pueda resultarle interesante, sino porque son incapaces de darse cuenta de quién merece la pena y quién no.

Una "leyenda" relacionada con eso es aquella que nos habla de las almas gemelas. Se dice que estas son las almas de dos amantes, que en otra vida no pudieron dar rienda suelta a su amor, y van deambulando por el tiempo, esperando renacer y reencontrarse por fin, y así, poder sentirse completos.

Pero hoy en día, en mi humilde opinión, esto es imposible.

¿Cómo cojones vamos a encontrar nuestra alma gemela, gente interesante, un "llamalo como te salga de los membrillos", si hoy en día solo existe el YO? Vivimos para nosotros, pendientes de nosotros, pensando en nosotros y en lo que nosotros queremos o dejamos de querer. Hemos tenido la suerte o la desgracia de nacer en estos tiempos de egoísmo. 
Creo que hoy en día, somos perfectamente capaces de ir por la calle, cruzarnos con esa persona, que haya una resonancia entre nuestras almas... y no darnos cuenta, porque nos acaba de llegar un whatsapp o estamos pensando en lo agobiados que estamos por tal o cual cosa.

Pienso que vivimos una época muy triste, pero a pesar de ello, creo que debemos creer en ese amor inmarcesible que, si empezamos a ser más personas y menos gente, si conseguimos desarrollar esa maravillosa cualidad llamada empatía y salimos de nosotros mismo, podrá encontrar cada uno de nosotros, sin necesidad de esa veleidosa diosa llamada Fortuna.

Al alma, lo que es del alma.
Y como me jode que esta sea la mejor forma de expresarlo, con lo que odio las religiones...

martes, 23 de junio de 2015

Érase una Vez

Érase una vez una princesa que vivía en un lejano reino. Era una de esas princesas hijas de un magnánimo Rey muy querido por todos que, al nacer, recibió regalos de todos los habitantes de la zona. Entre esos regalos destacaban los de el mago de la corte, que quiso regalar a la princesa dos estrellas gemelas que consiguió en uno de sus innumerables viajes al lejano Oriente para que formasen los más bellos ojos jamás habidos. Unos ojos que eran verdes, marrones y azules y a la vez ni verdes ni marrones ni azules. El otro regalo fue un rayo de Sol caído a un lago que posteriormente se convirtió en un glaciar congelándolo. Este regalo hizo que la princesa tuviese la más cálida de las sonrisas, a la vez que la más bella.
La princesa pronto se convirtió en una bella joven de la que se enamoró un pobre trovador...

Ese podría ser el comienzo de su historia. Pensó en el trovador y sonrió. Muchas veces se había considerado un simple trovador encerrado en el cuerpo de un paupérrimo escritor del siglo XXI. Dejó el bolígrafo y se rellenó la copa. ¿Cuántas había tomado ya? ¿Cuántas había tomado desde que la perdió? Al menos tenía la certeza de que no tomaría más, así que trató de saborearla.

Mientras revisaba la cuerda y los nudos pensó en ella. Su princesa. ¿Por qué tenía que haberla perdido? Él la seguía queriendo y estaba seguro de que ella a él también, a pesar de la distancia. Pero un maldito ogro se había interpuesto entre la princesa y el trovador y ahora no podía tenerla. En el cuento que nunca acabaría el trovador lucharía por ella y la acabaría salvando porque los cuentos tienen final feliz. Por desgracia la vida no es un cuento. No lucharía por ella y jamás la salvaría. No después de haber tomado esa decisión.

Apretó el último nudo y suspiró. La cuerda le raspaba el cuello y las manos. Se dio cuenta de que lloraba. ¿Acaso no estaba seguro? No quería volver a pensarlo. Cerró los ojos y tiró el taburete. El apretón dolió mucho más de lo que esperaba. Se dio cuenta de que forcejeaba. ¿Instinto o ganas de vivir? La cuerda le hacía mucho daño. Empezó a convulsionarse con fuerza. Sabía que apenas le quedaban 15 segundos de vida y la perspectiva le hizo sonreir y llorar todo lo amargamente que le permitía el estar ahogándose. Casi no distinguía los objetos del cuarto y no sabía si era por las lágrimas. De pronto distinguió algo que no estaba allí. Una cara. La cara de una princesa que sonreía con un cegador rayo de Sol. Quiso vivir.

Notó un golpe muy fuerte. ¿Qué había pasado? Apenas podía enfocar la vista sobre la viga de madera rota. Tras quitarse la cuerda del cuello intentó recuperar el aliento. Trató de levantarse, pero volvió a caer. Le dolía respirar, pero le encantaba poder hacerlo. Cuando consiguió ponerse en pie se miró en un espejo. Le quedaría una buena marca en el cuello. Tampoco importaba.

Mientras marcaba un número en el teléfono se preguntaba si habría algún motivo para que no hubiera muerto. Hacía tiempo que no creía en Dios, pero supuso que era inevitable ponerse místico en una situación así.

- ¿Si?

La voz que tantas veces había oído actuó como por arte de magia sobre su cuello aliviándole todo dolor. Ya sabía porque no había muerto.

- Hola princesa.

El oir su nombre pronunciado por la voz que antes había sanado su cuello le hizo estar seguro del porqué de su salvación. No había muerto porque tenía una princesa que rescatar, y los cuentos han de tener un final feliz.


sábado, 30 de mayo de 2015

Claude

Hace años, muchos, nació Claude. Infancia dura, pero tampoco traumática. Adolescencia normal, con amores y desamores. Juventud dedicada a las aventuras: Mar, montañas, mesetas y Egipto. Y Allí fue donde cambió su vida…

Andando solo por el desierto, perdido desde hacía tres días, sin haber bebido una gota de agua en los últimos dos, a punto de perder la cordura y la vida contó el paso número mil. En el último destello de lucidez (o el primero de locura) había decidido contar mil pasos y luego cavar hasta encontrar agua. Apenas tenía fuerzas y a cada montón de tierra que sacaba se repetía que ese sería el último. Tras más de cincuenta últimos montones notó algo duro. Poco después abría un cofre de oro y piedras preciosas del que salió un destello que hablaba con un ligero acento que en ese momento no supo identificar.

-¿Quién eres? fue la lógica pregunta de Claude.

-Un demonio, un genio, un duende. No existo, no existí y no existiré, pero soy gracias a ti y te concedo un deseo, la enigmática respuesta del ente.

-Hazme inmortal rogó Claude pensando en su inminente muerte.

-Lo haré, pero con una condición: No podrás volver a decir “no”. Si lo haces perderás el don. ¿Aceptas?

- Acepto.

Tras un tiempo, nunca supo cuánto, despertó al lado de un gran hoyo. Pensó que había sido una alucinación y siguió andando. Tras más de una semana sin dejar de andar supo que algo había pasado. No podía seguir vivo. Al décimo día llegó a un pequeño pueblo.

Años después seguía siendo el mismo. No había envejecido un ápice ni recordaba haber sangrado una sola vez desde que salió del desierto. Se pasó un año y medio encerrado en una casa, saliendo sólo de noche para no encontrarse con nadie. Buscaba frases y respuestas en las que no apareciese la negación que acabaría con su inmortalidad.

Durante más de un siglo trabajó como mercenario. Con el dinero que ganó se pasó el siguiente viajando. Leyó y escribió. Perdió un diario en el que había descrito 70 años de su vida y pasó 120 recordando cada instante para rescribirlo. Cada noche soñaba con decir que no.

Varias veces no supo cómo responder que no y esto le llevó a trabajar de vendedor de camellos (duró poco al ser el único que no regateaba) y de zapatero personal de 4 Papas no consecutivos (siempre le sorprendió la facilidad que tenía para estar en el lugar equivocado en el momento equivocado). Limpió letrinas, fue el tercer y el noveno pirata Roberts, rey de tres países y reina de uno (una experiencia un tanto desagradable), bandido en Arkansas y sheriff en Texas, encontró oro, petróleo y diamantes y perdió el Santo Grial, Alsacia y Lorena, la batalla de Lepanto y un total de de 423 doblones de oro y 54 maravedíes. Se casó 117 veces (era guapo), y huyó otras tantas. Descubrió un continente y colonizó otro. Y se cansó.

No quería hacer el cálculo, pero sabía que llevaba vivo entre 800 y 1200 años. Siempre siendo el mismo, siempre viendo pasar gente. Intentaba no hacer amigos, pero terminaba haciéndolos. A algunos les olvidaba, pero otros seguían siempre ahí. Había estado enamorado dos veces y decidió que si llegaba la tercera viviría sus últimos años.

Años, pocos esta vez, después volvió a sentir que estaba enamorado. Vivía con ella y la quería. También era su amiga. Hacían el amor y reían con las mismas ganas. Jugaban, charlaban, se miraban. Se estaba arreglando ante el espejo, poniendo poses, enamorándole un poco más.

- ¿Crees que tendría que maquillarme?

Cerró los ojos. Vio momentos históricos e íntimos. Horas, días, segundos, minutos, semanas, años, instantes.

- No. Estás preciosa.


lunes, 4 de mayo de 2015

¡¡Genio, Benedetti!!


Como casi siempre, al descubrirse, el desnudo y la desnuda se asombran de sus desnudeces. Como casi siempre, éstas son mejores que las de la memoria. Por supuesto, son jóvenes. Él es el primero en quebrar el encantamiento y la inercia. Sus manos se ahuecan para buscar y encontrar los pechos de ella, que al mero contacto lucen, se renuevan. Entonces, acariciando persuasivamente entre índice y pulgar los extremos radiantes, él dice o piensa: “No es que carezca de sentido de culpa, pero la verdad es que no me atormento. Las sensaciones vienen y se van, son aves migratorias, y cuando vuelven, si vuelven, ya no son las mismas. Se fueron frescas, espontáneas, recién nacidas, y regresan maduras, inevitablemente programadas. Entonces, ¿A qué ahogarse en el deber? El deber, al igual que el dolor (¿o será otra filial del dolor?), es un cepo. Esto hay que saberlo de una vez para siempre, si queremos que su gesto amargo, rencoroso, no nos sorprenda o nos frustre”.

El niño, calato como un ángel pero sin alas, inocente de su propia inocencia, camina por la playa desierta y madrugona, hundiendo cautelosamente sus pies, todavía rosados, todavía fríos, en esa cambiante frontera que separa la arena de la olita. Descubre un tibio placer en ese gesto neutro, misterioso, que lame sus tobillos. No reflexiona. Simplemente disfruta. El mar no tiene para él ni pasado ni futuro. Es tan solo una lengüeta que viene a acariciarlo, a darle la bienvenida. Y él corresponde y sonríe, a veces hasta ríe con breves carcajadas. En realidad, juega consigo mismo y con el mar. Y todavía no sabe que éste no se entera, todavía ignora que el mar es de una indiferencia insoportable, que el mar es la única tumba móvil, que el mar es la muerte en estado de pureza. En ese punto, el niño se detiene y ve a la niña.

Las colonizadoras manos de ella acarician la colonizada espalda de él, y empiezan a invadirlo, a abrazarlo, a tenerlo. Entonces ella dice o piensa: “Todo eso lo sé. Y sin embargo, en mí hay una vocación de permanencia, que , por otra parte, nunca he visto cumplida. Es obvio que el futuro está lleno de amenazas, de riesgos, de inseguridades, pero yo creo (de creer eny de crear), para mi uso personal, un cielo despejado. De lo contrario, el goce se me gasta antes de tiempo. Vos te aferrás al instante, ése es tu estilo. Mi instante, en cambio, quiere ser prólogo de otro, aunque lo más probable es que luego ese otro instante no comparezca. Algo o alguien puede matar mi futuro, pero quiero que sepas que mi futuro no es suicida”.

Lejos, en términos infantiles, pero bastante cerca en cualesquiera otros, la niña calata como otro ángel pero también sin alas, viene a su encuentro por la arena que aquí y allá se alza y vuela gracias al aire matinal y marino. No se atreve todavía a pisar el agua, sólo permite que la arena livianísima suba y baje por entre los finos dedos de sus pies brevísimos. Allá arriba, entre pinos y eucaliptus, están las casas de los padres, los tíos, los adultos en fin, que todavía se reponen de la fiesta de anoche. Al igual que el niño, tampoco ella reflexiona. Apenas si siente una repentina curiosidad por esa imagen rosácea que se acerca (o tal vez es ella la que se va acercando, ¿o serán ambos?) y le vienen ganas de hacerle una señal, un saludo, un signo. La niña abre los brazos y ve que la imagen rosácea también abre los suyos. Entonces se forma en sus labios una sonrisa primaria, en soledad, tan espontánea como autosatisfecha.

Ahora la boca del hombre se ha detenido en la oreja de ella y opta por pensar o decir: “¿Sabés una cosa? Tu oreja no siempre está desnuda. Sólo lo está cuando vos lo estás. Me gusta tu oreja desnuda, tal vez como una consecuencia de que me gustás así, como estás ahora. Después de todo, tenés razón: el instante es mi estilo. Es allí que lo juego todo. No ahorro disfrutes para vivir de esa renta en la tercera edad. Beso tu oreja como si nunca hubiera besado otra oreja. Por eso tu oído escucha estas palabras que nunca escuchó antes. Ni dije o pensé antes. El amor no es repetición. Cada acto de amor es un ciclo en sí mismo, una órbita cerrada en su propio ritual. Es, cómo podría explicarte, un puño de vida. El amor no es repetición”.

El niño y la niña se han ido acercando y se detienen cuando apenas un metro los separa. O ya no. Porque la niña avanza una mano hasta posarla en el hombro del niño, y nota que es un poco más alto que el hombro de ella. “¿Cómo te llamás?”, dice él para de alguna manera expresar el gusto que le da aquel contacto. “Claudia, ¿y vos?” “Marcos.” Él consigue suficiente coraje como para que su brazo derecho también avance hacia el brazo izquierdo de Claudia. “¿Siempre venís a la playa?”, pregunta él. “No, pero desde ahora vendré todos los días.” Marcos siente que está conmovido y Claudia ve que él se sonroja. También ella se sonroja, pero por solidaridad. Durante la pausa, ambos se miran en lo que son y en lo que difieren. Claudia dice, todavía inocente de su propia inocencia: “¿Qué tenés ahí”. Y se lo toca. Es un contacto leve, pero Marcos experimenta la primera alegría importante de sus seis años de vida.

La mujer mueve la cabeza hasta que sus labios rozan los de él y entonces dice o piensa: “Ya lo ves, has repetido que no es repetición. Y eso quiere decir algo. Digamos que es y no es. Todo es verdad. A mí, por ejemplo, me gusta repetir el amor, aunque reconozco que cada fase tiene un final distinto, una bisagra original que la una con la fase que vendrá. La repetición está en el comienzo y es como un eco, un recordatorio de la piel. A mí siempre me enternece recordar tu piel, pero sobre todo que tu piel me recuerde tu piel. No tengas miedo, en el amor (al menos, en mi amor) la repetición no se vuelve rutina. El acto mecánico, físico, puede (o no) ser igual o semejante, pero tu cuerpo y mi cuerpo nunca son los mismos. El sexo que hoy vas a ofrecerme no es el mismo del sábado pasado ni será, estoy segura, el del próximo martes, y el surco mío que lo reciba tampoco es ni será el mismo. El amor es y no es repetición”.

El veterano ha tenido un sueño frágil y bastante más joven que sus años reales. Mira el reloj en la mesa de noche y son las tres de la madrugada. A su lado la veterana duerme y sonríe, y es una sonrisa que él no le ve desde hace tiempo. El calor se introduce a través de las persianas. También entra el ruido de la discoteca de la planta baja. El veterano aprovecha el oasis del insomnio para evaluar su propia desnudez. Las várices lo insultan y él se resigna. Las articulaciones se quejan y él qusiera aceitarlas, pero ya no viene aceite para tales bisagras. A su derecha, la sábana de ella se ha deslizado al piso y él tiene ocasión de comprender una vez más ese cuerpo conocido y contiguo. Ella eleva un brazo para apoyar o medir su propia cabeza y el mechón canoso se confunde con la blancura de la almohada. Él acerca su mano, sin tocarla aún, y ella permanece inmóvil, con los ojos cerrados, despierta. Él retira su mano. Allá abajo, la discoteca es como otro reloj: marca el tiempo, lo desvela y revela.

Él se aparta un poco para mejor unirse, o sea para que sus manos, y de a ratos sus labios, puedan ir recorriendo colinas y hondonadas, rincones y llanuras. La piel de ella alternativamente se eriza o se abandona, en tanto que allá arriba la boca se entreabre y los ojos comienzan a cerrarse. Entonces él piensa o dice: “¿Cómo voy a programar o a calcular el amor de mañana o pasado, si tengo aquí esta concreta recompensa (o castigo) que sos vos, hoy? No te engaño si en este momento te confieso que te quiero toda, cuerpo y alma y alrededores, pero ¿para qué voy a hacerle descuentos a este deleite pronosticando qué sentiré el martes o el jueves? Si aparto mi mirada de tu vientre húmedo y contemplo allá enfrente el muro blanco, o más allá, si trato de vislumbrar el tallado infinito, me encontraré inexorablemente con esa última viga que es la muerte, y ésta es, por definición, el no amor. ¿Cómo no preferir mirarte a vos, que sos la vida o por lo menos una de sus más incitantes imitaciones?”

La veterana siente que algo o alguien se inmiscuye en su sueño y entonces se dispone trabajosamente a abrir sus ojos. Allí, a su izquierda, está la mirada de él. Le pregunta si no puede dormir, y él responde que sí puede pero no quiere. Ella comenta que, para la estación, ésta es una noche demasiado calurosa y que el ruido de abajo parece inacabable. Él asiente y luego dice: "Mañana se sumplen veintiocho años, ¿Te acordás?". Ella no hace comentarios, salvo con el ceño, que se encoge y se estira, vaya a saber por qué. Él inicia otro lento recorrido con su brazo. Ella no lo mira pero intuye que el brazo está viniendo. Cuando éste se detiene a pocos centímetros de su rostro, ella acerca su cabeza hasta lograr que su mejilla descanse sobre la palma que se ofrece.

Hay un silencio cálido, inexpugnable, que envuelve los dos cuerpos. De pronto, el hombre decide apoyar su oído sobre el poderoso ombligo de la mujer. Es como si a través del omphalos, esa cicatriz genérica, esa boca muda, la mujer murmurara o vibrara en el oído del hombre: “Quisiera tenerte siempre, pero me resigno a tenerte hoy. Quizás la diferencia resida en que mientras tu goce es explosivo, fulgurante, el mío, que acaso es más profundo, tiene ojeras de melancolía. No puedo evitar prever desde ahora, junto al buen azar de tenerte, el anticipo de la nostalgia que sentiré cuando no estés. Ya lo sé. Demasiado lo sé. Todo está claro. Todo estuvo claro desde el vamos. Pero que me resigne no incluye que te mienta. Y esto que yo, ombligo, dejo en vos, oído, es para que alguna vez te zumbe y al menos te preguntes qué será ese zumbido.

El veterano siente el otro cuerpo. No como antes, poro a poro, pero lo siente. Ambos saben de memoria qué cuenca de ella se corresponde con qué altozano de él. Encajan uno en otra, otro en una, como si conformaran un paisaje clásico, de postal o museo. Sólo que antes eran paisajes del último Van Gogh y ahora son del primer Ruysdael. Él demora en encenderse y ella lo sabe pero no se impacienta. El mensaje de la discoteca se filtra implacable por entre las persianas. La humedad de la madrugada los remite a otros otoños. Él sabe que aquí no vale rememorar la pasión como quien recorre un viejo códice. Pero esa misma distancia lo conmueve y percibe por fin que esa filtrada emoción es la legataria, la penúltima Thule, el corolario normal de la pasión antigua. Sólo entonces se siente crecer. Sólo entonces ella siente que él crece.

Ni el desnudo, ni la desnuda oyen campanas. Eso pasaba antes, en las fábulas familiares de las abuelas o, más cándidamente, en alguna marchita película de Burgess Meredith. Estos de ahora escuchan truenos lejanísimos, bocinas de ansiedad, ambulancias que aúllan, rock en ondas, y más confidencialmente, labios que se disfrutan, comunión de salivas. La mujer se estira en toda la extensión de su piel sabrosa, abre brazos y piernas, tal como si se desperezara pero más bien perezándose. Siente que la boca del hombre va ascendiendo a su boca y cuando por fin cada lengua se encuentra con su prójima, ambas proponen o resuelven o gimen: "Qué importa si es o no repetición, qué importa si es prólogo o desenlace. Estamos. Somos. Una y uno. Dejemos que la muerte nos odie desde lejos. Desde muy lejos. Somos. Estamos. Tan cerca de vos que soy vos. Tan cerca de mí que sos yo. Una + uno = une." Se unen, pues. El mundo queda fuera, con sus culpas, sus deberes, sus ropas. El desnudo y la desnuda son únicos testigos del amor sin testigos. Uno sobre otra, o viceversa, la humedad de sus vientres es de ambos. Los cuerpos (esos futuros, inevitables proveedores de ceniza) borran de un placerazo sus condenas y también se reconocen y trabajan. Trabajan y se gozan, únicos en el mundo, por fortuna olvidados. Entonces ella piensa o grita: "Vení", y él canta o piensa: "Voy". Y así, poco a poco (y al final, mucho a mucho) se ensimisma y celebra, se alucina y consuma el va-i-vén.


Mario Benedetti - Despistes y Franquezas

lunes, 20 de abril de 2015

Presente imperfecto...

Recuerdo constantemente.
En el fondo creo que sólo somos recuerdos.

Imagino mi futuro constantemente.
En el fondo creo que sólo somos esperanzas.

Sólo recuerdos y esperanzas, pasado y futuro.
Todos hemos vivido y todos viviremos, pero no vivimos.
Observamos como pasa el tiempo sin hacer nada.
Deberíamos detenerlo y vivir, pero no lo hacemos.
Observamos.
Perdemos vivencias,
porque no podemos guardarlas eternamente en nuestro corazón.
Atesorarlas. 

Rápidamente es mañana y todo ocurrió ayer.
Ayer y mañana, pero nunca hoy, nunca ahora.
Me gustaría poder vivir el ayer y el mañana como un hoy, un todo.

Imposible.

Por desgracia.
Recordaré que escribí esto y volveré a escribir.
Inútilmente trataré de vivir el presente.
No es posible.
Cuesta asumirlo, es cierto.
Es duro, pero es inevitable que todo pase.
Seguramente debería pensar que lo malo también pasa, pero no lo hago.


Al fin y al cabo, soy humano...



¡JODER! Que mal se me da poner títulos a las cosas....

sábado, 4 de abril de 2015

La Carta en el Camino

Dejo esto aquí, leerlo es inefable.
Adiós, pero conmigo
serás, irás adentro
de una gota de sangre que circule en mis venas
o fuera, beso que me abrasa el rostro
o cinturón de fuego en mi cintura.
Dulce mía, recibe
el gran amor que salió de mi vida
y que en ti no encontraba territorio
como el explorador perdido
en las islas del pan y de la miel.
Yo te encontré después
de la tormenta,
la lluvia lavó el aire
y en el agua
tus dulces pies brillaron como peces.

Adorada, me voy a mis combates.

Arañaré la tierra para hacerte una cueva
y allí tu Capitán
te esperará con flores en el lecho.
No pienses más, mi dulce,
en el tormento
que pasó entre nosotros
como un rayo de fósforo
dejándonos tal vez su quemadura.
La paz llegó también porque regreso.
a luchar a mi tierra,
y como tengo el corazón completo
con la parte de sangre que me diste
para siempre,
y como
llevo
las manos llenas de tu ser desnudo,
mírame,
mírame,
mírame por el mar, que voy radiante,
mírame por la noche que navego,
y mar y noche son los ojos tuyos.
No he salido de ti cuando me alejo.
Ahora voy a contarte:
mi tierra será tuya,
yo voy a conquistarla,
no sólo para dártela,
sino que para todos,
para todo mi pueblo.
Saldrá el ladrón de su torre algún día.
Y el invasor será expulsado.
Todos los frutos de la vida
crecerán en mis manos
acostumbrados antes a la pólvora.
Y sabré acariciar las nuevas flores
porque tú me enseñaste la ternura.
Dulce mía, adorada,
vendrás conmigo a luchar cuerpo a cuerpo
porque en mi corazón viven tus besos
como banderas rojas,
y si caigo, no sólo
me cubrirá la tierra
sino este gran amor que me trajiste
y que vivió circulando en mi sangre.
Vendrás conmigo,
en esa hora te espero,
en esa hora y en todas las horas,
en todas las horas te espero.
Y cuando venga la tristeza que odio
a golpear a tu puerta,
dile que yo te espero
y cuando la soledad quiera que cambies
la sortija en que está mi nombre escrito,
dile a la soledad que hable conmigo,
que yo debí marcharme
porque soy un soldado,
y que allí donde estoy,
bajo la lluvia o bajo
el fuego,
amor mío, te espero,
te espero en el desierto más duro
y junto al limonero florecido:
en todas partes donde esté la vida,
donde la primavera está naciendo,
amor mío, te espero.
Cuando te digan "Ese hombre
no te quiere", recuerda
que mis pies están solos en esa noche, y buscan
los dulces y pequeños pies que adoro.
Amor, cuando te digan
que te olvidé, y aun cuando
sea yo quien lo dice,
cuando yo te lo diga,
no me creas,
quién y cómo podrían
cortarte de mi pecho
y quién recibiría
mi sangre
cuando hacia ti me fuera desangrando?
Pero tampoco puedo
olvidar a mi pueblo.
Voy a luchar en cada calle,
detrás de cada piedra.
Tu amor también me ayuda:
es una flor cerrada
que cada vez me llena con su aroma
y que se abre de pronto
dentro de mí como una gran estrella.

Amor mío, es de noche.

El agua negra, el mundo
dormido, me rodean.
Vendrá luego la aurora
y yo mientras tanto te escribo
para decirte: "Te amo".
Para decirte "Te amo", cuida,
limpia, levanta,
defiende
nuestro amor, alma mía.
Yo te lo dejo como si dejara
un puñado de tierra con semillas.
De nuestro amor nacerán vidas.
En nuestro amor beberán agua.
Tal vez llegará un día
en que un hombre
y una mujer, iguales
a nosotros,
tocarán este amor, y aún tendrá fuerza
para quemar las manos que lo toquen.
Quiénes fuimos? Qué importa?
Tocarán este fuego
y el fuego, dulce mía, dirá tu simple nombre
y el mío, el nombre
que tú sola supiste porque tú sola
sobre la tierra sabes
quién soy, y porque nadie me conoció como una,
como una sola de tus manos,
porque nadie
supo cómo, ni cuándo
mi corazón estuvo ardiendo:
tan sólo
tus grandes ojos pardos lo supieron,
tu ancha boca,
tu piel, tus pechos,
tu vientre, tus entrañas
y el alma tuya que yo desperté
para que se quedara
cantando hasta el fin de la vida.

Amor, te espero.

Adiós, amor, te espero.

Amor, amor, te espero.

Y así esta carta se termina
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra,
mi mano escribe esta carta en el camino,
y en medio de la vida estaré
siempre
junto al amigo, frente al enemigo,
con tu nombre en la boca
y un beso que jamás
se apartó de la tuya.
Pablo Neruda