domingo, 4 de septiembre de 2016

23 de Diciembre



Una vez más, como cada 23 de diciembre, las ocho personas más tristes del mundo se reunían para cenar. Algunos de ellos lo perdieron todo y otros nunca tuvieron nada. Sin embargo, ninguna de sus historias se acercaba siquiera a la del hombre que presidía la mesa cada 23 de diciembre…

Cada año, uno de los comensales contaba su desgracia durante la cena. No había nada que lo prohibiese, pero no se escuchaban otras palabras. Ninguno sabía muy bien cómo había acabado asistiendo a esas reuniones. Simplemente, un 23 de diciembre sintieron la necesidad de salir de casa y dirigirse al lugar de la cena, sentarse y escuchar. Cada miembro había llegado cuando otro no pudo asistir, bien por haber muerto, bien por ser feliz. Excepto el presidente de la mesa. Era un hombre de gestos y mirada tranquilas. Sus ojos tenían cierto brillo y de vez en cuando sonreía. Sin embargo, cualquiera que le hubiese mirado habría dicho sin dudarlo que era el hombre más triste del mundo.

Asistió a su primera cena el 23 de diciembre de 1987. Entonces no presidió la mesa, pero, con el paso de los años, se fue quedando solo. En 1999 ninguno de los asistentes a la cena tenía más antigüedad que él. Y este año le tocaba, de nuevo, contar su historia. Sólo la había contado en tres ocasiones, pero parecía que la recitase cada día. Sabía cuándo hacer las pausas y en ningún momento balbuceaba, a pesar de un leve temblor en sus labios. Tal vez para hacerla más soportable, la contaba en tercera persona, como si fuese ajeno a la historia de la persona más triste del mundo.

Él y ella habían descubierto que se querían hacía relativamente poco. A veces discutían y otras sólo sabían decirse te quiero. Sin embargo, ya sabían que se necesitaban el uno al otro para vivir. 
Ella había tenido que irse un tiempo y él iba a visitarla regularmente. Cuando no podían hacerlo, hablaban. Él notó que, al echarle de menos, ella le decía más veces que le quería y, en parte, se alegró de que se hubiese marchado. 
Una noche de despedida se hacían el amor y él vio como una lágrima se mezclaba con el sudor de su pecho. “Lloras”, dijo. “Es porque te voy a echar de menos”. Él supo que ella mentía. “Yo también”, dijo mientras la abrazaba. 
Cuando ella le llamó por su nombre se dio cuenta de lo especial que era escucharlo saliendo de su boca. Lo hacía inconscientemente, pero se esforzaba en que cada sílaba expresase lo que sentía al pensar en él. “¿Si?”, dijo él. “Te voy a echar de menos”. Esta vez cayeron tres lágrimas, tan rápido que casi parecieron una. 
“Dímelo. Qué pasa.” Los ojos de él se inundaron de lágrimas al ver los de ella. Sintió como le abrazaba y la abrazó todo lo fuerte que pudo. Recordó que había sido ella quien le enseñó a abrazar. Al escucharla susurrar se estremeció. Nunca mentía entre susurros. 
“Mañana te vas a morir. Mañana te vas a morir y yo no podré soportarlo.” No supo qué responder hasta que no le dio una explicación entrecortada por sus lloros. 
“Hoy no es hoy ni mañana será mañana. Hoy es hace siete años. Hace siete años viniste a verme y, cuando te fuiste el autobús que te llevaba al aeropuerto tuvo un accidente. Al principio lo que más me dolía era eso, que murieras en el autobús y no el avión, porque ya sabes el miedo que me dan los aviones, y me parecía tonto. Luego asumí que te habías ido y no quería vivir. Tampoco morir, porque no me atrevía. Decidí no moverme. Me senté en el suelo y esperé a que pasase el tiempo. No sé cuánto tiempo llevaba cuando apareció. No sé si era un genio, un ángel o una alucinación. Me dijo que no podía soportar mi tristeza y que me permitiría verte una vez al año. Que podría repetir este fin de semana que estoy contigo, con una sola condición: Si un año no venía te perdería para siempre. No podría volver y no podría recordarte.” 

Tras un largo silencio, él comprendió lo que pasaba. Ella no iba a volver al año siguiente. “No te preocupes”, le dijo. “Lo comprendo”. “No es que no te quiera, mi amor”, comenzaba a explicarse ella. Aunque era innecesario, pues él sabía perfectamente lo que iba a decir, la dejó continuar porque quería escuchar su voz. “Es sólo que no puedo perderte una vez más.”
 

Esa noche no durmieron. Él había tenido una idea. “No me olvidarás. Escribiré nuestra historia y podrás recordarla siempre que quieras”. Juntos resumieron cada día que habían pasado juntos y ella, por fin, se sintió aliviada. Dejaron plasmado cada momento que habían pasado juntos mediante recuerdos, lágrimas y palabras.
Al día siguiente él se subió en el autobús. No tenía miedo, pero estaba algo impaciente. Llegaron al aeropuerto ante su perplejidad. Subió al avión y llegó a su ciudad. Dos meses después, el 23 de diciembre, asistió por primera vez a la cena.

Todos guardaron silencio. Sólo lloró él. Al fin y al cabo, aunque su historia fuese triste, las de los demás comensales también y tenían que ahorrar sus lágrimas.

jueves, 18 de agosto de 2016

Ojos grises


"Te echo de menos". Esa frase es todo lo que decía. Se pasaba días enteros sin hablar y cuando ya parecía que no iba a volver a hacerlo esas cuatro palabras salían de su boca. Y lloraba. Siempre lloraba cuando se atrevía a hablar. Sólo entonces parecía dejar de mirar al mar. Nunca se limpiaba las lágrimas. Nunca se movía, de hecho. Alguna vez pasé un par de días a su lado y en todo ese tiempo ni habló ni se movió. Cuando me fui pareció sonreir, como agradeciendo mi compañía. Tampoco sé porqué le visitaba. Supongo que me dolía verle solo. Supongo que podía entender su dolor...

Recuerdo que cuando legué a la ciudad no conocía a nadie. Era tarde y estaba todo cerrado, así que, como hacía buen tiempo, decidí dormir en la playa. Entonces le vi por primera vez. Sus ojos todavía conservaban un ligero tono marrón, o eso me pareció a la luz de la Luna. He de admitir que al principio me asustó, pero en seguida me di cuenta de que no iba a hacerme anda. Emanaba paz. Dormí como un niño esa noche y me sorprendí al despertar. Seguía en el mismo sitio, en la misma postura, mirando al mar. Antes de irme le vi llorar por primera vez. Entonces no escuché la frase, o si lo hice no la entendí. Pero verle llorar me entristeció.

En la recepción del hotel me contaron su historia. Recuerdo que cuando me la contó un conserje ya mayor también me pareció verle triste. Supongo que es normal, es una historia triste...
"Poca gente sabe cómo se llama. Yo no soy uno de ellos, por desgracia. Sé que se alojó aquí con una mujer hace mucho tiempo. Recuerdo que la noticia salió en todos los periódicos locales. Nunca nadie se había ahogado en estas playas. Cuando se fue no miraba a ningún lado. Sus ojos no parecían enfocar. Cruzó la calle y se sentó en la playa. De eso hace más de dos años. Al principio le llevábamos comida y agua, pero nunca la probó. Nunca se movió. La gente dice que por la noche se mueve, que si no es imposible que viva. Yo creo que no es así. Creo que ya está muerto. No físicamente. Supongo que es difícil de explicar, pero es como si cuando se ahogó esa mujer su alma murió también. La quería mucho, estoy seguro."

Pensé que se reían de mí por ser de la capital, pero recopilé más información y todos decían más o menos lo mismo. Una mujer me contó que de tanto mirar al mar sus ojos se habían vuelto grises. Otra creía que era de llorar. Yo no sabía qué creer, pero todos los días le visitaba. Nunca intenté hablarle, simplemente me sentaba y observaba con él. Cada día durante aproximadamente 6 meses. Nunca dijo otra cosa que no fuera "te echo de menos". Nunca hasta hace un par de días. Quiero pensar que fue su forma de darme las gracias por haber escrito su historia. Cuando lo hice se la leí y la quemé. Después miramos al mar y cuando me levanté dijo "adiós". Miré y seguía en la misma postura. Lloraba pero sonreía. Entonces cerró los ojos. Supe que había muerto. Acaricié su mejilla y lloré como nunca lo había hecho...

Por eso estoy hoy aquí. Por eso miro al mar como hiciste tú durante tanto tiempo. Por eso lloro como cada vez que te atrevías a hablar. Me hubiera gustado conocer tu nombre para recordarlo mientras tus cenizas vuelven por fin a juntarse con tu alma en el mar...



domingo, 10 de abril de 2016

Sueños

“Soy una persona afortunada, siempre he tenido un don. Puedo soñar. Puedo entrar en un sueño y permanecer en él todo el tiempo que desee. Soy, probablemente, la persona más libre de mundo. Pero ahora estoy encerrado”

Un día estaba soñando, y decidí no salir. Todo iba mal, era difícil, y estaba aterrado. Pensé que no podría con ello, entre en mis sueños y cerré la puerta. Luego no pude salir. Fuera, tenía una vida, amigos, estaba enamorado… Dentro también lo tenía, pero no era lo mismo. Podía venir ella, besarme, abrazarme, pero sus caricias se desvanecían demasiado pronto. Podían venir mis amigos, y bromear, jugar, hablar, hablar y seguir hablando… pero sus frases no tenían sentido y las olvidada nada más oírlas.

Cuando me di cuenta me asusté, lloré. Era la primera vez que me pasaba esto en un sueño. Quería salir, pero no sabía cómo hacerlo.

Estaba en una playa cuándo tuve una idea. Tenía que soñar, soñar un lugar por dónde salir, una forma de escapar. Tenía que dejar de verlos para estar realmente con ellos.

La llevé al parque de siempre, ella lloraba. “Te voy a echar de menos” decía. “Ya lo sé, pero quiero verte, necesito verte” le dije. Al mirarnos me pareció real, y me asusté.

Les llevé a todos a un acantilado, cómo en las películas, así parecía más épico.

Esperaba un agujero negro, un vacío o algo por el estilo, pero sólo había una puerta. Intenté abrirla, pero fui incapaz, estaba cerrada con llave. Les pedí un último favor, intentamos derribarla, pero no pudimos.

Entonces apareció ella, me besó y puso la llave en mi mano. Sentí su beso, sus labios, y la llave me pesó, me pesó cada recuerdo con ella, y encontré un miedo más grande que yo mismo. Pensé, que quizás, no era un sueño, pero tenía que irme... Me dirigí a la puerta y salí por ella.

Luz cegadora… escuché algo y me di cuenta que hacía mucho que no escuchaba nada de verdad. Abrí los ojos y sentí la misma sensación. Vi que ella estaba allí, en la cama, a mi lado.

No quise despertarla, pero no pude evitarlo. Nos fundimos, entre lloros, en un abrazo. Entraron todos e hicieron lo mismo.

“Tenía mucho miedo” me dijo después de besarme.

“Y yo” contesté.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Réquiem (Prólogo)


- “Porque la princesa no siempre termina con el trovador”. ¿Te parece que esta es forma de acabar un cuento infantil?

- Me parece una forma original. Tienen que aprender que no todo son finales de comer perdices.

- Mira chaval, sé que no estás en tu mejor momento. Te tengo aprecio y entiendo por lo que estás pasando, pero te pedí un cuento para niños de hasta 8 años. Hoy era la fecha de entrega y me has traído una historia depresiva. Da igual. Te doy tres semanas y lo reescribes, o te inventas algo nuevo, me da igual. Pero esto no lo voy a publicar.

- No lo voy a cambiar.

- ¿Qué?

- Si, es triste, pero es mi Aullido. Y me ha costado convertirlo en un cuento para críos.

- Chico, tú no eres Ginsberg. Tienes unas pautas y has de ceñirte a ellas. Si dejo que editen esto, me cuelgan por las pelotas.

- No es malo.

- No, no es malo. Pero tampoco bueno. Escribes bien, pero no eres García Márquez. Y como tú hay miles de personas. Y muy pocos editan lo que escriben. Y poquísimos tienen un trabajo fijo en una editorial.

- ¿Y si no lo cambio?

- Lo mandaré a los jefes, lo leerán y te dirán que lo cambies. De malas maneras.

- No lo voy a cambiar.

- No seas idiota. Te pueden echar.

- Me da igual. ¿Sabes? Creo que tienes razón. Puede que esto no sea lo mío. Que sólo sea uno más.

- ¿Entonces?

- Mándaselo. Y diles que no lo cambiaré. Y que no hace falta que me despidan, que renuncio.


Y se fue. A cada paso que daba pensaba en volver, pero seguía avanzando. No sabía por qué lo hacía. No era orgullo. No era rabia. Tenía que irse. Irse lejos. Lejos de ella, lejos del trabajo, lejos de él. Lejos de todo.

Llegó a su casa llorando. Estaba nervioso. Nunca había soportado la presión. Las lágrimas dificultaron los trámites. Hizo llamadas, canceló cuentas. Vendió lo que pudo. Cogió todo el dinero que pudo y algo de ropa. Poca, tenía que caber en una mochila. Bolígrafos y un par de cuadernos. Se enfadó consigo mismo por seguir llorando.

Era de noche. El frío y la lluvia le hicieron sentir bien.


Dos meses después había encontrado un título: Réquiem. La misa de los difuntos. Tendría ocho capítulos. Uno por cada persona que encontrase que nunca tendría un réquiem. Uno por cada futuro difunto que en vida fue un trovador sin princesa. Uno por cada persona gris y mediocre que encontrase y mereciera ver su vida escrita. Por ser simple. Porque nunca destacaría. Porque jamás serían felices, ni desgraciados.

Y él sería el prólogo. En tercera persona. No porque quisiera imitar a nadie, o crear un estilo. No porque fuera más o menos fácil escribir de esta forma. Simplemente porque hacía tiempo que veía su vida como si no pudiera controlarla. Como si todo se desarrollase a su alrededor, sin que él importara.

Y por fin, tras dos meses, dejó de llorar. Tenía el mismo miedo. Los mismos nervios. Seguía sin saber si volvería alguna vez a casa. Pero sabía que, tarde o temprano, habría conocido a ocho personas y habría escrito sus historias.

El día era húmedo, aunque no llovía. Notó cómo se secaban las últimas lágrimas. Se dirigió hacia el Este.