sábado, 30 de mayo de 2015

Claude

Hace años, muchos, nació Claude. Infancia dura, pero tampoco traumática. Adolescencia normal, con amores y desamores. Juventud dedicada a las aventuras: Mar, montañas, mesetas y Egipto. Y Allí fue donde cambió su vida…

Andando solo por el desierto, perdido desde hacía tres días, sin haber bebido una gota de agua en los últimos dos, a punto de perder la cordura y la vida contó el paso número mil. En el último destello de lucidez (o el primero de locura) había decidido contar mil pasos y luego cavar hasta encontrar agua. Apenas tenía fuerzas y a cada montón de tierra que sacaba se repetía que ese sería el último. Tras más de cincuenta últimos montones notó algo duro. Poco después abría un cofre de oro y piedras preciosas del que salió un destello que hablaba con un ligero acento que en ese momento no supo identificar.

-¿Quién eres? fue la lógica pregunta de Claude.

-Un demonio, un genio, un duende. No existo, no existí y no existiré, pero soy gracias a ti y te concedo un deseo, la enigmática respuesta del ente.

-Hazme inmortal rogó Claude pensando en su inminente muerte.

-Lo haré, pero con una condición: No podrás volver a decir “no”. Si lo haces perderás el don. ¿Aceptas?

- Acepto.

Tras un tiempo, nunca supo cuánto, despertó al lado de un gran hoyo. Pensó que había sido una alucinación y siguió andando. Tras más de una semana sin dejar de andar supo que algo había pasado. No podía seguir vivo. Al décimo día llegó a un pequeño pueblo.

Años después seguía siendo el mismo. No había envejecido un ápice ni recordaba haber sangrado una sola vez desde que salió del desierto. Se pasó un año y medio encerrado en una casa, saliendo sólo de noche para no encontrarse con nadie. Buscaba frases y respuestas en las que no apareciese la negación que acabaría con su inmortalidad.

Durante más de un siglo trabajó como mercenario. Con el dinero que ganó se pasó el siguiente viajando. Leyó y escribió. Perdió un diario en el que había descrito 70 años de su vida y pasó 120 recordando cada instante para rescribirlo. Cada noche soñaba con decir que no.

Varias veces no supo cómo responder que no y esto le llevó a trabajar de vendedor de camellos (duró poco al ser el único que no regateaba) y de zapatero personal de 4 Papas no consecutivos (siempre le sorprendió la facilidad que tenía para estar en el lugar equivocado en el momento equivocado). Limpió letrinas, fue el tercer y el noveno pirata Roberts, rey de tres países y reina de uno (una experiencia un tanto desagradable), bandido en Arkansas y sheriff en Texas, encontró oro, petróleo y diamantes y perdió el Santo Grial, Alsacia y Lorena, la batalla de Lepanto y un total de de 423 doblones de oro y 54 maravedíes. Se casó 117 veces (era guapo), y huyó otras tantas. Descubrió un continente y colonizó otro. Y se cansó.

No quería hacer el cálculo, pero sabía que llevaba vivo entre 800 y 1200 años. Siempre siendo el mismo, siempre viendo pasar gente. Intentaba no hacer amigos, pero terminaba haciéndolos. A algunos les olvidaba, pero otros seguían siempre ahí. Había estado enamorado dos veces y decidió que si llegaba la tercera viviría sus últimos años.

Años, pocos esta vez, después volvió a sentir que estaba enamorado. Vivía con ella y la quería. También era su amiga. Hacían el amor y reían con las mismas ganas. Jugaban, charlaban, se miraban. Se estaba arreglando ante el espejo, poniendo poses, enamorándole un poco más.

- ¿Crees que tendría que maquillarme?

Cerró los ojos. Vio momentos históricos e íntimos. Horas, días, segundos, minutos, semanas, años, instantes.

- No. Estás preciosa.


lunes, 4 de mayo de 2015

¡¡Genio, Benedetti!!


Como casi siempre, al descubrirse, el desnudo y la desnuda se asombran de sus desnudeces. Como casi siempre, éstas son mejores que las de la memoria. Por supuesto, son jóvenes. Él es el primero en quebrar el encantamiento y la inercia. Sus manos se ahuecan para buscar y encontrar los pechos de ella, que al mero contacto lucen, se renuevan. Entonces, acariciando persuasivamente entre índice y pulgar los extremos radiantes, él dice o piensa: “No es que carezca de sentido de culpa, pero la verdad es que no me atormento. Las sensaciones vienen y se van, son aves migratorias, y cuando vuelven, si vuelven, ya no son las mismas. Se fueron frescas, espontáneas, recién nacidas, y regresan maduras, inevitablemente programadas. Entonces, ¿A qué ahogarse en el deber? El deber, al igual que el dolor (¿o será otra filial del dolor?), es un cepo. Esto hay que saberlo de una vez para siempre, si queremos que su gesto amargo, rencoroso, no nos sorprenda o nos frustre”.

El niño, calato como un ángel pero sin alas, inocente de su propia inocencia, camina por la playa desierta y madrugona, hundiendo cautelosamente sus pies, todavía rosados, todavía fríos, en esa cambiante frontera que separa la arena de la olita. Descubre un tibio placer en ese gesto neutro, misterioso, que lame sus tobillos. No reflexiona. Simplemente disfruta. El mar no tiene para él ni pasado ni futuro. Es tan solo una lengüeta que viene a acariciarlo, a darle la bienvenida. Y él corresponde y sonríe, a veces hasta ríe con breves carcajadas. En realidad, juega consigo mismo y con el mar. Y todavía no sabe que éste no se entera, todavía ignora que el mar es de una indiferencia insoportable, que el mar es la única tumba móvil, que el mar es la muerte en estado de pureza. En ese punto, el niño se detiene y ve a la niña.

Las colonizadoras manos de ella acarician la colonizada espalda de él, y empiezan a invadirlo, a abrazarlo, a tenerlo. Entonces ella dice o piensa: “Todo eso lo sé. Y sin embargo, en mí hay una vocación de permanencia, que , por otra parte, nunca he visto cumplida. Es obvio que el futuro está lleno de amenazas, de riesgos, de inseguridades, pero yo creo (de creer eny de crear), para mi uso personal, un cielo despejado. De lo contrario, el goce se me gasta antes de tiempo. Vos te aferrás al instante, ése es tu estilo. Mi instante, en cambio, quiere ser prólogo de otro, aunque lo más probable es que luego ese otro instante no comparezca. Algo o alguien puede matar mi futuro, pero quiero que sepas que mi futuro no es suicida”.

Lejos, en términos infantiles, pero bastante cerca en cualesquiera otros, la niña calata como otro ángel pero también sin alas, viene a su encuentro por la arena que aquí y allá se alza y vuela gracias al aire matinal y marino. No se atreve todavía a pisar el agua, sólo permite que la arena livianísima suba y baje por entre los finos dedos de sus pies brevísimos. Allá arriba, entre pinos y eucaliptus, están las casas de los padres, los tíos, los adultos en fin, que todavía se reponen de la fiesta de anoche. Al igual que el niño, tampoco ella reflexiona. Apenas si siente una repentina curiosidad por esa imagen rosácea que se acerca (o tal vez es ella la que se va acercando, ¿o serán ambos?) y le vienen ganas de hacerle una señal, un saludo, un signo. La niña abre los brazos y ve que la imagen rosácea también abre los suyos. Entonces se forma en sus labios una sonrisa primaria, en soledad, tan espontánea como autosatisfecha.

Ahora la boca del hombre se ha detenido en la oreja de ella y opta por pensar o decir: “¿Sabés una cosa? Tu oreja no siempre está desnuda. Sólo lo está cuando vos lo estás. Me gusta tu oreja desnuda, tal vez como una consecuencia de que me gustás así, como estás ahora. Después de todo, tenés razón: el instante es mi estilo. Es allí que lo juego todo. No ahorro disfrutes para vivir de esa renta en la tercera edad. Beso tu oreja como si nunca hubiera besado otra oreja. Por eso tu oído escucha estas palabras que nunca escuchó antes. Ni dije o pensé antes. El amor no es repetición. Cada acto de amor es un ciclo en sí mismo, una órbita cerrada en su propio ritual. Es, cómo podría explicarte, un puño de vida. El amor no es repetición”.

El niño y la niña se han ido acercando y se detienen cuando apenas un metro los separa. O ya no. Porque la niña avanza una mano hasta posarla en el hombro del niño, y nota que es un poco más alto que el hombro de ella. “¿Cómo te llamás?”, dice él para de alguna manera expresar el gusto que le da aquel contacto. “Claudia, ¿y vos?” “Marcos.” Él consigue suficiente coraje como para que su brazo derecho también avance hacia el brazo izquierdo de Claudia. “¿Siempre venís a la playa?”, pregunta él. “No, pero desde ahora vendré todos los días.” Marcos siente que está conmovido y Claudia ve que él se sonroja. También ella se sonroja, pero por solidaridad. Durante la pausa, ambos se miran en lo que son y en lo que difieren. Claudia dice, todavía inocente de su propia inocencia: “¿Qué tenés ahí”. Y se lo toca. Es un contacto leve, pero Marcos experimenta la primera alegría importante de sus seis años de vida.

La mujer mueve la cabeza hasta que sus labios rozan los de él y entonces dice o piensa: “Ya lo ves, has repetido que no es repetición. Y eso quiere decir algo. Digamos que es y no es. Todo es verdad. A mí, por ejemplo, me gusta repetir el amor, aunque reconozco que cada fase tiene un final distinto, una bisagra original que la una con la fase que vendrá. La repetición está en el comienzo y es como un eco, un recordatorio de la piel. A mí siempre me enternece recordar tu piel, pero sobre todo que tu piel me recuerde tu piel. No tengas miedo, en el amor (al menos, en mi amor) la repetición no se vuelve rutina. El acto mecánico, físico, puede (o no) ser igual o semejante, pero tu cuerpo y mi cuerpo nunca son los mismos. El sexo que hoy vas a ofrecerme no es el mismo del sábado pasado ni será, estoy segura, el del próximo martes, y el surco mío que lo reciba tampoco es ni será el mismo. El amor es y no es repetición”.

El veterano ha tenido un sueño frágil y bastante más joven que sus años reales. Mira el reloj en la mesa de noche y son las tres de la madrugada. A su lado la veterana duerme y sonríe, y es una sonrisa que él no le ve desde hace tiempo. El calor se introduce a través de las persianas. También entra el ruido de la discoteca de la planta baja. El veterano aprovecha el oasis del insomnio para evaluar su propia desnudez. Las várices lo insultan y él se resigna. Las articulaciones se quejan y él qusiera aceitarlas, pero ya no viene aceite para tales bisagras. A su derecha, la sábana de ella se ha deslizado al piso y él tiene ocasión de comprender una vez más ese cuerpo conocido y contiguo. Ella eleva un brazo para apoyar o medir su propia cabeza y el mechón canoso se confunde con la blancura de la almohada. Él acerca su mano, sin tocarla aún, y ella permanece inmóvil, con los ojos cerrados, despierta. Él retira su mano. Allá abajo, la discoteca es como otro reloj: marca el tiempo, lo desvela y revela.

Él se aparta un poco para mejor unirse, o sea para que sus manos, y de a ratos sus labios, puedan ir recorriendo colinas y hondonadas, rincones y llanuras. La piel de ella alternativamente se eriza o se abandona, en tanto que allá arriba la boca se entreabre y los ojos comienzan a cerrarse. Entonces él piensa o dice: “¿Cómo voy a programar o a calcular el amor de mañana o pasado, si tengo aquí esta concreta recompensa (o castigo) que sos vos, hoy? No te engaño si en este momento te confieso que te quiero toda, cuerpo y alma y alrededores, pero ¿para qué voy a hacerle descuentos a este deleite pronosticando qué sentiré el martes o el jueves? Si aparto mi mirada de tu vientre húmedo y contemplo allá enfrente el muro blanco, o más allá, si trato de vislumbrar el tallado infinito, me encontraré inexorablemente con esa última viga que es la muerte, y ésta es, por definición, el no amor. ¿Cómo no preferir mirarte a vos, que sos la vida o por lo menos una de sus más incitantes imitaciones?”

La veterana siente que algo o alguien se inmiscuye en su sueño y entonces se dispone trabajosamente a abrir sus ojos. Allí, a su izquierda, está la mirada de él. Le pregunta si no puede dormir, y él responde que sí puede pero no quiere. Ella comenta que, para la estación, ésta es una noche demasiado calurosa y que el ruido de abajo parece inacabable. Él asiente y luego dice: "Mañana se sumplen veintiocho años, ¿Te acordás?". Ella no hace comentarios, salvo con el ceño, que se encoge y se estira, vaya a saber por qué. Él inicia otro lento recorrido con su brazo. Ella no lo mira pero intuye que el brazo está viniendo. Cuando éste se detiene a pocos centímetros de su rostro, ella acerca su cabeza hasta lograr que su mejilla descanse sobre la palma que se ofrece.

Hay un silencio cálido, inexpugnable, que envuelve los dos cuerpos. De pronto, el hombre decide apoyar su oído sobre el poderoso ombligo de la mujer. Es como si a través del omphalos, esa cicatriz genérica, esa boca muda, la mujer murmurara o vibrara en el oído del hombre: “Quisiera tenerte siempre, pero me resigno a tenerte hoy. Quizás la diferencia resida en que mientras tu goce es explosivo, fulgurante, el mío, que acaso es más profundo, tiene ojeras de melancolía. No puedo evitar prever desde ahora, junto al buen azar de tenerte, el anticipo de la nostalgia que sentiré cuando no estés. Ya lo sé. Demasiado lo sé. Todo está claro. Todo estuvo claro desde el vamos. Pero que me resigne no incluye que te mienta. Y esto que yo, ombligo, dejo en vos, oído, es para que alguna vez te zumbe y al menos te preguntes qué será ese zumbido.

El veterano siente el otro cuerpo. No como antes, poro a poro, pero lo siente. Ambos saben de memoria qué cuenca de ella se corresponde con qué altozano de él. Encajan uno en otra, otro en una, como si conformaran un paisaje clásico, de postal o museo. Sólo que antes eran paisajes del último Van Gogh y ahora son del primer Ruysdael. Él demora en encenderse y ella lo sabe pero no se impacienta. El mensaje de la discoteca se filtra implacable por entre las persianas. La humedad de la madrugada los remite a otros otoños. Él sabe que aquí no vale rememorar la pasión como quien recorre un viejo códice. Pero esa misma distancia lo conmueve y percibe por fin que esa filtrada emoción es la legataria, la penúltima Thule, el corolario normal de la pasión antigua. Sólo entonces se siente crecer. Sólo entonces ella siente que él crece.

Ni el desnudo, ni la desnuda oyen campanas. Eso pasaba antes, en las fábulas familiares de las abuelas o, más cándidamente, en alguna marchita película de Burgess Meredith. Estos de ahora escuchan truenos lejanísimos, bocinas de ansiedad, ambulancias que aúllan, rock en ondas, y más confidencialmente, labios que se disfrutan, comunión de salivas. La mujer se estira en toda la extensión de su piel sabrosa, abre brazos y piernas, tal como si se desperezara pero más bien perezándose. Siente que la boca del hombre va ascendiendo a su boca y cuando por fin cada lengua se encuentra con su prójima, ambas proponen o resuelven o gimen: "Qué importa si es o no repetición, qué importa si es prólogo o desenlace. Estamos. Somos. Una y uno. Dejemos que la muerte nos odie desde lejos. Desde muy lejos. Somos. Estamos. Tan cerca de vos que soy vos. Tan cerca de mí que sos yo. Una + uno = une." Se unen, pues. El mundo queda fuera, con sus culpas, sus deberes, sus ropas. El desnudo y la desnuda son únicos testigos del amor sin testigos. Uno sobre otra, o viceversa, la humedad de sus vientres es de ambos. Los cuerpos (esos futuros, inevitables proveedores de ceniza) borran de un placerazo sus condenas y también se reconocen y trabajan. Trabajan y se gozan, únicos en el mundo, por fortuna olvidados. Entonces ella piensa o grita: "Vení", y él canta o piensa: "Voy". Y así, poco a poco (y al final, mucho a mucho) se ensimisma y celebra, se alucina y consuma el va-i-vén.


Mario Benedetti - Despistes y Franquezas

lunes, 20 de abril de 2015

Presente imperfecto...

Recuerdo constantemente.
En el fondo creo que sólo somos recuerdos.

Imagino mi futuro constantemente.
En el fondo creo que sólo somos esperanzas.

Sólo recuerdos y esperanzas, pasado y futuro.
Todos hemos vivido y todos viviremos, pero no vivimos.
Observamos como pasa el tiempo sin hacer nada.
Deberíamos detenerlo y vivir, pero no lo hacemos.
Observamos.
Perdemos vivencias,
porque no podemos guardarlas eternamente en nuestro corazón.
Atesorarlas. 

Rápidamente es mañana y todo ocurrió ayer.
Ayer y mañana, pero nunca hoy, nunca ahora.
Me gustaría poder vivir el ayer y el mañana como un hoy, un todo.

Imposible.

Por desgracia.
Recordaré que escribí esto y volveré a escribir.
Inútilmente trataré de vivir el presente.
No es posible.
Cuesta asumirlo, es cierto.
Es duro, pero es inevitable que todo pase.
Seguramente debería pensar que lo malo también pasa, pero no lo hago.


Al fin y al cabo, soy humano...



¡JODER! Que mal se me da poner títulos a las cosas....

sábado, 4 de abril de 2015

La Carta en el Camino

Dejo esto aquí, leerlo es inefable.
Adiós, pero conmigo
serás, irás adentro
de una gota de sangre que circule en mis venas
o fuera, beso que me abrasa el rostro
o cinturón de fuego en mi cintura.
Dulce mía, recibe
el gran amor que salió de mi vida
y que en ti no encontraba territorio
como el explorador perdido
en las islas del pan y de la miel.
Yo te encontré después
de la tormenta,
la lluvia lavó el aire
y en el agua
tus dulces pies brillaron como peces.

Adorada, me voy a mis combates.

Arañaré la tierra para hacerte una cueva
y allí tu Capitán
te esperará con flores en el lecho.
No pienses más, mi dulce,
en el tormento
que pasó entre nosotros
como un rayo de fósforo
dejándonos tal vez su quemadura.
La paz llegó también porque regreso.
a luchar a mi tierra,
y como tengo el corazón completo
con la parte de sangre que me diste
para siempre,
y como
llevo
las manos llenas de tu ser desnudo,
mírame,
mírame,
mírame por el mar, que voy radiante,
mírame por la noche que navego,
y mar y noche son los ojos tuyos.
No he salido de ti cuando me alejo.
Ahora voy a contarte:
mi tierra será tuya,
yo voy a conquistarla,
no sólo para dártela,
sino que para todos,
para todo mi pueblo.
Saldrá el ladrón de su torre algún día.
Y el invasor será expulsado.
Todos los frutos de la vida
crecerán en mis manos
acostumbrados antes a la pólvora.
Y sabré acariciar las nuevas flores
porque tú me enseñaste la ternura.
Dulce mía, adorada,
vendrás conmigo a luchar cuerpo a cuerpo
porque en mi corazón viven tus besos
como banderas rojas,
y si caigo, no sólo
me cubrirá la tierra
sino este gran amor que me trajiste
y que vivió circulando en mi sangre.
Vendrás conmigo,
en esa hora te espero,
en esa hora y en todas las horas,
en todas las horas te espero.
Y cuando venga la tristeza que odio
a golpear a tu puerta,
dile que yo te espero
y cuando la soledad quiera que cambies
la sortija en que está mi nombre escrito,
dile a la soledad que hable conmigo,
que yo debí marcharme
porque soy un soldado,
y que allí donde estoy,
bajo la lluvia o bajo
el fuego,
amor mío, te espero,
te espero en el desierto más duro
y junto al limonero florecido:
en todas partes donde esté la vida,
donde la primavera está naciendo,
amor mío, te espero.
Cuando te digan "Ese hombre
no te quiere", recuerda
que mis pies están solos en esa noche, y buscan
los dulces y pequeños pies que adoro.
Amor, cuando te digan
que te olvidé, y aun cuando
sea yo quien lo dice,
cuando yo te lo diga,
no me creas,
quién y cómo podrían
cortarte de mi pecho
y quién recibiría
mi sangre
cuando hacia ti me fuera desangrando?
Pero tampoco puedo
olvidar a mi pueblo.
Voy a luchar en cada calle,
detrás de cada piedra.
Tu amor también me ayuda:
es una flor cerrada
que cada vez me llena con su aroma
y que se abre de pronto
dentro de mí como una gran estrella.

Amor mío, es de noche.

El agua negra, el mundo
dormido, me rodean.
Vendrá luego la aurora
y yo mientras tanto te escribo
para decirte: "Te amo".
Para decirte "Te amo", cuida,
limpia, levanta,
defiende
nuestro amor, alma mía.
Yo te lo dejo como si dejara
un puñado de tierra con semillas.
De nuestro amor nacerán vidas.
En nuestro amor beberán agua.
Tal vez llegará un día
en que un hombre
y una mujer, iguales
a nosotros,
tocarán este amor, y aún tendrá fuerza
para quemar las manos que lo toquen.
Quiénes fuimos? Qué importa?
Tocarán este fuego
y el fuego, dulce mía, dirá tu simple nombre
y el mío, el nombre
que tú sola supiste porque tú sola
sobre la tierra sabes
quién soy, y porque nadie me conoció como una,
como una sola de tus manos,
porque nadie
supo cómo, ni cuándo
mi corazón estuvo ardiendo:
tan sólo
tus grandes ojos pardos lo supieron,
tu ancha boca,
tu piel, tus pechos,
tu vientre, tus entrañas
y el alma tuya que yo desperté
para que se quedara
cantando hasta el fin de la vida.

Amor, te espero.

Adiós, amor, te espero.

Amor, amor, te espero.

Y así esta carta se termina
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra,
mi mano escribe esta carta en el camino,
y en medio de la vida estaré
siempre
junto al amigo, frente al enemigo,
con tu nombre en la boca
y un beso que jamás
se apartó de la tuya.
Pablo Neruda


lunes, 30 de marzo de 2015

Pampet

"¿Qué es el ser ante el color del mundo? El color del mundo es mayor que el sentimiento del hombre."
Juan Ramón Jiménez.


Hace años, no muchos, un país se vio en una situación económica muy apurada. Pocos medios recogieron la noticia, pues Pampet, que así se llama el país, está muy lejos de ser una potencia. Apenas tiene 500 habitantes y su capital es su única ciudad. El Presidente (que además era el Ministro de Interior, de Medio Ambiente y el conductor de la línea 4 de autobuses los fines de semana) se reunió con sus consejeros y, tras mucho debatir, concluyeron que la única solución viable sería renunciar a un color.

Pocos días después los 309 votantes censados en Pampet decidieron en un referéndum que el color del que podían prescindir era el amarillo. A la semana la medida era oficial y el amarillo desaparecía de Pampet. En un principio los habitantes no lamentaron la pérdida y se divertían viendo limones y post-it en blanco y negro, pero pasado un tiempo comenzaron a echar de menos la vitalidad del amarillo.

A pesar de todo, la medida pareció surtir efecto y la economía de Pampet se estabilizó. Es más, hasta pareció que en un futuro no muy lejano podría volverse a la situación anterior y recuperar el amarillo.

Fue entonces cuando llegó al país un experto en temas económicos que dijo llegar para ayudar a Pampet a superar la crisis. A pesar de que el Presidente le dijo que ya estaba todo solucionado, insistió hasta hacerle creer que era una solución no duradera, que los problemas volverían y se harían peores. Ante la gravedad de la situación se le otorgaron plenos poderes y se le encomendó la tarea de salvar al país. Lo que no sabían los Pampetienses es que el extranjero llamado Borel Malvado sólo quería enriquecerse.

La primera medida que tomó fue la prohibición del color rojo. A nadie le gustó que la elección fuera hecha sin tener en cuenta al pueblo, pero B. Malvado argumentó que el rojo, con toda su fuerza, gastaba demasiada energía. Poco después suprimió el naranja y el morado. Les siguieron el verde y el marrón.

Nadie se dio cuenta en ese momento, pero mientras iban desapareciendo los colores de Pampet, lo iban haciendo las sensaciones y las emociones. Los pampetienses hacía tiempo que no tenían sentido del humor, que no sentían impulsos, que eran incapaces de sentir ánimo. El mismo presidente había dimitido otorgándole su puesto a Borel Malvado. Mientras tanto, el nuevo líder de Pampet se enriquecía con el tráfico de colores y de influencias. Pronto todos los cargos importantes del país estuvieron ocupados por amigos suyos.

Cuando sólo quedaba un color la situación no se había vuelto desesperada porque era el azul, por lo que los pampetienses conservaban la esperanza. P. Malvado, viendo esto, decidió arrebatarles lo único que les quedaba. En dos días el azul tenía que desaparecer de Pampet.

El primero de esos dos días sólo se sentía uno de los sentimientos azules: la nostalgia. En bancos grises, en prados sin color, en ventanas llenas de flores que no decían nada, había pampetienses mirando hacia el cielo intentando atesorar el color que iban a perder.

El segundo día todo cambió. Cornelius Sanetria había estado mirando los ojos azules de su mujer durante toda la noche, sin aceptar tener que perderlos. Desde el día en que se tuvo que prescindir del amarillo había ido escondiendo muestras de todos los colores en un cajón secreto escondido dentro de su armario y cada noche, antes de acostarse, los miraba uno a uno y recordaba los sentimientos que los pampetienses se habían resignado a olvidar. Así que, después de mirar los ojos que más iba a echar de menos, fue a su colección de colores y, con unos ojos que deberían haber estado enrojecidos, los fue mirando mientras los derramaba sobre su camiseta. Salió a la calle.

El primero en ver a Cornelius fue su mejor amigo. Había visto con él alguna noche la colección de contrabando y la reconoció en seguida, aunque no sabía si algunos colores se habían formado sobre su camiseta o simplemente había llegado a olvidarlos. Se unió a él.

A menos de cien metros del palacio desde el que Borel Malvado dirigía la ciudad mientras se enriquecía, ya había un grupo considerable de personas siguiendo a Cornelius. Habían recuperado todos los sentimientos, ahora querían los colores.

Al llegar al palacio los guardias pampetienses se unieron a ellos, los extranjeros decidieron no oponer resistencia. Entraron al despacho gritando, pero callaron al escuchar una detonación. Un líquido gris y viscoso salía del pecho de Cornelius Catronia.

Dos horas después, Borel Malvado y sus ministros habían abandonado el país e iban a ser juzgados por un tribunal internacional. Mientras tanto, los pampetienses intentaban devolverle el color original a todas las cosas con éxito relativo. Cornelius estaba inconsciente, pero consiguió sobrevivir.


Ahora es el nuevo Presidente, el Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales y el encargado de explicarle a los extranjeros por qué la gente de Pampet tiene la sangre de color verde.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Déjame escribir tus sueños

Repasó el último escrito. Era triste. Como todos. No sabía porqué, pero todos le estaban saliendo tristes. ¿Sería por amor? ¿Podía sentirlo? Creía que no, pero últimamente no podía negar que sí. Pensaba que le estaba prohibido, o que, simplemente, no podía, pero desde hacía tiempo sabía que había estado equivocado, que podía sentirlo. No podía sentir nada más que amor. No tenía sentido, ¿pero qué lo tenía? No sabía cuánto tiempo llevaba allí ¿siglos? ¿eones? ¿horas? Sólo sabía que tenía que escribir. Escribir era casi todo lo que hacía. Nunca había llegado a entender muy bien el proceso. Conocía una vida y escribía sobre ella. No escribía cosas normales. Escribía sueños.

Vanamente trató de recordar algo de su vida, pero no pudo. Sabía que nunca recordaría más que una figura que ya le era desconocida escribiendo. ¿Cómo sería? Nunca se había visto. O tal vez si y no lo recordaba. No había certezas en su vida. Ni siquiera estaba seguro  de que eso que sentía fuese amor. Amor... Lo había conocido tantas veces a través de las vidas de las personas, pero nunca en él. 

Sería mejor pasar a la siguiente vida. Cuanto antes lo hiciera antes encontraría la vida de esa persona que, por primera vez, le hacía preguntarse tantas cosas. ¿Por primera vez?

Conocía esa vida. Estaba relacionada con la única que le importaba. Con la única que siempre tenía los más bellos sueños. Muchas veces repasando una encontraba la otra. Esta vez tampoco fue una excepción, excepto por un detalle.

Hasta muerta era preciosa. Sus rasgos eran cálidos. Había visto muchas muertes, a lo largo de su ¿vida?, pero ninguna le afectó como esta.

Bajó la mirada hacia su pluma, su única compañera. ¿Podría morir? Tal vez ya había muerto. Sabía cómo morían las personas, pero no sabía si él era una. Empuñó la pluma y la dirigió con fuerza a su corazón. Sintió lo que supuso dolor. No le costó reconocer la sangre. Lo más parecido que había sentido era la tinta. Se dio cuenta de que era cálida. También lo eran esas gotas que se mezclaban con ella tras resbalar por su desconocida cara. Dejó de ver mientras un último pensamiento recorrió su mente. Por primera vez era una certeza absoluta: Había sentido el Amor.

Al día siguiente ninguna persona reparó en ello, pero había sucedido algo excepcional, algo que nunca había ocurrido: La noche anterior nadie había soñado.


El día en que aprenda a poner un puto título decente se acaba el mundo, espero que mis historias al menos lo sean...

jueves, 18 de diciembre de 2014

El Circo

- Me cansé de mi ciudad. No tenía amigos ni familia y mucho menos alguien a quien quisiera, así que nada me unía ya a ella. Tardé en darme cuenta y vine aquí, al mar. Tenía que vivir de algo y vi el cartel y dije “¿Por qué no?”

- Ya, pero… ¿El circo? No sabes cantar, ni bailar. No eres fuerte y no quieres hacer de payaso, ¿no deberías buscar otro trabajo?

- Tengo un título que no vale para nada y lo único que sé hacer es contar historias. Quiero probar. Cuando me canse ya tendré tiempo de buscar un trabajo de mierda que me frustre y en el que no tenga aspiraciones. Pero por ahora voy a probar, si tenéis algo para mí.

- Antes tenía a un sobrino vendiendo entradas y limpiando las gradas, pero se quedó en la última ciudad que visitamos. Si quieres el puesto… Pago en función de la entrada y no te puedo hacer un contrato.

- ¿Cuándo empiezo?





- Así que tú eres el nuevo. Yo soy Hércules. Forzudo y literato a tu servicio.

- Diego. Enclenque y literato.

- ¿Te enseño esto?

- Ya lo conozco, gracias.

- Entonces, ¿te cuento un secreto?

- Por favor.

- No lo conoces. Este circo no es un circo cualquiera.

- ¿No?

- No. Es mágico.

- ¿Mágico?

- Mágico. Y diferente. Por ejemplo, ¿ves a la mujer barbuda? Pues no es una mujer.

- ¿Qué es?

- Un hombre. El único hombre-mujer-barbuda del mundo ¿Ves los caballos? Todos ellos son unicornios, lo que pasa es que no les ha salido el cuerno.

- ¿Falta de calcio?

- De fluido mágico. Es difícil conseguirlo y se lo damos a los trapecistas para que vuelen. Si no sería peligroso lo que hacen, hasta con red.

- ¿Y los elefantes? ¿Mamuts calvos? ¿Tertulianos de la COPE?

- No, los elefantes son elefantes.





- Déjame Diego, ya limpio yo.

- No te preocupes, ya casi he terminado. Ve a quitarte el disfraz.

- ¿Qué disfraz?

- El de payaso. No me jodas que tú también vas a empezar con la coña del circo mágico Marco.

- Así que ya has hablado con Hércules.

- Esta mañana.

- Bueno, es igual. Tiene algo de razón. A mí, por ejemplo, me gusta vestir de payaso.

- Y eres un payaso un tanto triste.

- Es pronto para que conozcas esa historia. ¿Seguro que no quieres que barra yo?

- No te preocupes.

- Como quieras. Por cierto, creo que le gustas a Primavera.

- ¿La ayudante del mago?

- Maga en prácticas, de hecho.

- Es guapa.

- No es guapa, es preciosa. Fíjate en sus ojos. Son color azul imposible. Y su sonrisa… Cuando sonríe es como si la conocieras de toda la vida. Tiene veinte años y ya tiene arrugas en la sonrisa. Eso es algo bueno. Ya termino yo de limpiar. Está en su camerino.

- ¿Su caravana?

- Joder, ¿no puedes darle un poco de glamour? Te hemos dicho que esto es un circo mágico.





- ¿Primavera?

- Sabía que vendrías.

- ¿Por que eres maga?

- Porque le he dicho a Marco que te dijera que me gustas.

- Tenía razón en lo de los ojos.

- ¿En lo de la sonrisa no?

- También. ¿Qué me muera de ganas de hacerte el amor sin conocerte es por tu magia?

- Por la del circo.





- Buenos días.

- Te juro que quería madrugar y traerte el desayuno.

- Puedo hacerme la dormida.

- Vuelvo en diez minutos entonces.

- Quince. Me apetece un zumo de naranja natural.





- Buenos días Diego.

- Buenos días jefe.

- Marco quiere verte.

- Tengo que hacer un zumo de naranja.

- Llévale este.

- Joder, si va a ser verdad lo de la magia.

- Es.





- Marco.

- Diego. Ya no es pronto.

- ¿Qué?

- Para que conozcas la historia.

- ¿Por qué?

- Porque ya eres feliz y puedes asumirla. Si te la hubiera contado ayer te habrías deprimido y hubieras buscado otro trabajo. Ahora ya eres parte del circo.

- ¿Tan triste es?

- Hace cinco años este todavía no era un circo mágico y yo no vestía siempre de payaso. Éramos un circo más y estábamos casi todos los que estamos ahora. Faltaban Primavera y Elías, el domador de panteras, leones y tigres.

- ¿El que le tiene miedo a los gatos?

- Ese. Bueno, también faltabais el sobrino del jefe que se fue hace unas semanas y tú. Y estaba Víctor.

- ¿Víctor?

- Si, Víctor. Mi marido. Llevábamos casados un año y medio cuando se incendió la carpa en un ensayo. Estábamos todos dentro y habríamos muerto si no hubiera sido por Víctor. Se sacrificó. Él era mágico, ¿sabes? Entró y nos fue sacando a todos de dos en dos o tres en tres. El jefe y Hércules le ayudaron, pero hubo un momento que no podían más y siguió el solo. Cuando terminó estábamos todos sanos y salvos. Se acercó, me besó y se murió. A la mañana siguiente todo estaba como nuevo, ni rastro de las cenizas. En el lugar donde le habíamos enterrado había una nota escrita por él. Está en esa mesilla, pásamela por favor.

- ¿Esta?

- Si, gracias. Leo: “Hola a todos. Siento haberos abandonado sin poder despedirme, pero me quemé más de lo que creía. Os pido un favor. Haced feliz a la gente. Yo seguiré aquí en forma de magia. Seré cada aplauso y cada risa. Llegarán Primavera sin padres, Elías sin amada y Diego sin ilusión. Que sean también nosotros. Os echaré de menos. Sobre todo a ti.”

- Así que es verdad. El circo es mágico.



- Siempre. Este es sólo un poco diferente.

lunes, 15 de diciembre de 2014

A veces

A veces cambian las cosas. A veces cambian las personas. A veces cambias tú. A veces utilizamos el odio para acabar con el amor. A veces necesitamos ese amor, pero nos empeñamos en odiar. A veces miro al mundo y le perdono por ser como es y no ser como debería. El mundo nunca me mira y rara vez perdona a quien es como es y no como debería. A veces escribo sin pensar y otras pienso y no escribo. A veces actúo sin pensar y otras pienso y no actúo. A veces querría haber actuado y a veces querría haber pensado. A veces querría volar. A veces querría amar. A veces pienso que seré y otras pienso que ya fui. A veces pienso que soy. A veces me pregunto qué seré y otras me pregunto qué fui. A veces me pregunto qué soy. A veces me gusta respirar la primavera que nos regala el invierno. A veces lloro con la lluvia y otras río mientras llueve. A veces es sí y a veces es no... A veces la belleza de lo cotidiano me deslumbra, mientras que a veces la monotonía de lo cotidiano ensombrece mis sentimientos. A veces pienso en los que no están y lloro y a veces pienso en ellos y sonrío. A veces pienso en los que están y lloro y a veces pienso en ellos y sonrío. Es curioso lo que, a veces, pasa...




jueves, 11 de diciembre de 2014

Déjame que te cuente...


Me levanto una mañana. Salgo de mi casa. Hay un pozo en la acera. No lo veo… y me caigo en él. 
Día siguiente. Salgo de mi casa. Me olvido de que hay un pozo en la acera… y vuelvo a caer en él. 
Tercer día. Salgo de mi casa tratando de acordarme de que hay un pozo en la acera. Sin embargo, no lo recuerdo… y caigo en él.
Cuarto día. Salgo de mi casa tratando de acordarme del pozo en la acera. Lo recuerdo. Y a pesar de eso, no veo el pozo… y caigo en él.

Quinto día. Salgo de mi casa. Recuerdo que tengo que tener presente el pozo en la acera. Y camino mirando el suelo. Y lo veo. Y a pesar de verlo… caigo en él.

Sexto día. Salgo de mi casa. Recuerdo el pozo en la acera. Voy buscándolo con la vista. Lo veo. Intento saltarlo… pero caigo en él.

Séptimo día. Salgo de mi casa. Veo el pozo. Tomo carrera. Salto. Rozo con las puntas de mis pies el borde del otro lado. Pero no es suficiente… y caigo en él.

Octavo día. Salgo de mi casa. Veo el pozo. Tomo carrera. Salgo. ¡Llego al otro lado! Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido que lo festejo dando saltos de alegría. Y al hacerlo… caigo otra vez en el pozo.

Noveno día. Salgo de mi casa. Veo el pozo. Tomo carrera. Lo salto… y sigo caminando.

Décimo día. Me doy cuenta, justo hoy de que es más cómodo caminar por la acera de enfrente.

Jorge Bucay