- Enero es un mal mes.
+¿Sí?
- SÍ
Un lugar donde leer las cuatro chorradas que se le ocurren a un joven intento de persona.
martes, 13 de enero de 2015
miércoles, 31 de diciembre de 2014
Déjame escribir tus sueños
Repasó el último escrito. Era triste. Como todos. No sabía porqué, pero todos le estaban saliendo tristes. ¿Sería por amor? ¿Podía sentirlo? Creía que no, pero últimamente no podía negar que sí. Pensaba que le estaba prohibido, o que, simplemente, no podía, pero desde hacía tiempo sabía que había estado equivocado, que podía sentirlo. No podía sentir nada más que amor. No tenía sentido, ¿pero qué lo tenía? No sabía cuánto tiempo llevaba allí ¿siglos? ¿eones? ¿horas? Sólo sabía que tenía que escribir. Escribir era casi todo lo que hacía. Nunca había llegado a entender muy bien el proceso. Conocía una vida y escribía sobre ella. No escribía cosas normales. Escribía sueños.
Vanamente trató de recordar algo de su vida, pero no pudo. Sabía que nunca recordaría más que una figura que ya le era desconocida escribiendo. ¿Cómo sería? Nunca se había visto. O tal vez si y no lo recordaba. No había certezas en su vida. Ni siquiera estaba seguro de que eso que sentía fuese amor. Amor... Lo había conocido tantas veces a través de las vidas de las personas, pero nunca en él.
Sería mejor pasar a la siguiente vida. Cuanto antes lo hiciera antes encontraría la vida de esa persona que, por primera vez, le hacía preguntarse tantas cosas. ¿Por primera vez?
Conocía esa vida. Estaba relacionada con la única que le importaba. Con la única que siempre tenía los más bellos sueños. Muchas veces repasando una encontraba la otra. Esta vez tampoco fue una excepción, excepto por un detalle.
Hasta muerta era preciosa. Sus rasgos eran cálidos. Había visto muchas muertes, a lo largo de su ¿vida?, pero ninguna le afectó como esta.
Bajó la mirada hacia su pluma, su única compañera. ¿Podría morir? Tal vez ya había muerto. Sabía cómo morían las personas, pero no sabía si él era una. Empuñó la pluma y la dirigió con fuerza a su corazón. Sintió lo que supuso dolor. No le costó reconocer la sangre. Lo más parecido que había sentido era la tinta. Se dio cuenta de que era cálida. También lo eran esas gotas que se mezclaban con ella tras resbalar por su desconocida cara. Dejó de ver mientras un último pensamiento recorrió su mente. Por primera vez era una certeza absoluta: Había sentido el Amor.
Al día siguiente ninguna persona reparó en ello, pero había sucedido algo excepcional, algo que nunca había ocurrido: La noche anterior nadie había soñado.
El día en que aprenda a poner un puto título decente se acaba el mundo, espero que mis historias al menos lo sean...
Vanamente trató de recordar algo de su vida, pero no pudo. Sabía que nunca recordaría más que una figura que ya le era desconocida escribiendo. ¿Cómo sería? Nunca se había visto. O tal vez si y no lo recordaba. No había certezas en su vida. Ni siquiera estaba seguro de que eso que sentía fuese amor. Amor... Lo había conocido tantas veces a través de las vidas de las personas, pero nunca en él.
Sería mejor pasar a la siguiente vida. Cuanto antes lo hiciera antes encontraría la vida de esa persona que, por primera vez, le hacía preguntarse tantas cosas. ¿Por primera vez?
Conocía esa vida. Estaba relacionada con la única que le importaba. Con la única que siempre tenía los más bellos sueños. Muchas veces repasando una encontraba la otra. Esta vez tampoco fue una excepción, excepto por un detalle.
Hasta muerta era preciosa. Sus rasgos eran cálidos. Había visto muchas muertes, a lo largo de su ¿vida?, pero ninguna le afectó como esta.
Bajó la mirada hacia su pluma, su única compañera. ¿Podría morir? Tal vez ya había muerto. Sabía cómo morían las personas, pero no sabía si él era una. Empuñó la pluma y la dirigió con fuerza a su corazón. Sintió lo que supuso dolor. No le costó reconocer la sangre. Lo más parecido que había sentido era la tinta. Se dio cuenta de que era cálida. También lo eran esas gotas que se mezclaban con ella tras resbalar por su desconocida cara. Dejó de ver mientras un último pensamiento recorrió su mente. Por primera vez era una certeza absoluta: Había sentido el Amor.
Al día siguiente ninguna persona reparó en ello, pero había sucedido algo excepcional, algo que nunca había ocurrido: La noche anterior nadie había soñado.
jueves, 18 de diciembre de 2014
El Circo
- Me cansé de mi ciudad. No tenía amigos ni familia y mucho menos alguien a quien quisiera, así que nada me unía ya a ella. Tardé en darme cuenta y vine aquí, al mar. Tenía que vivir de algo y vi el cartel y dije “¿Por qué no?”
- Ya, pero… ¿El circo? No sabes cantar, ni bailar. No eres fuerte y no quieres hacer de payaso, ¿no deberías buscar otro trabajo?
- Tengo un título que no vale para nada y lo único que sé hacer es contar historias. Quiero probar. Cuando me canse ya tendré tiempo de buscar un trabajo de mierda que me frustre y en el que no tenga aspiraciones. Pero por ahora voy a probar, si tenéis algo para mí.
- Antes tenía a un sobrino vendiendo entradas y limpiando las gradas, pero se quedó en la última ciudad que visitamos. Si quieres el puesto… Pago en función de la entrada y no te puedo hacer un contrato.
- ¿Cuándo empiezo?
- Así que tú eres el nuevo. Yo soy Hércules. Forzudo y literato a tu servicio.
- Diego. Enclenque y literato.
- ¿Te enseño esto?
- Ya lo conozco, gracias.
- Entonces, ¿te cuento un secreto?
- Por favor.
- No lo conoces. Este circo no es un circo cualquiera.
- ¿No?
- No. Es mágico.
- ¿Mágico?
- Mágico. Y diferente. Por ejemplo, ¿ves a la mujer barbuda? Pues no es una mujer.
- ¿Qué es?
- Un hombre. El único hombre-mujer-barbuda del mundo ¿Ves los caballos? Todos ellos son unicornios, lo que pasa es que no les ha salido el cuerno.
- ¿Falta de calcio?
- De fluido mágico. Es difícil conseguirlo y se lo damos a los trapecistas para que vuelen. Si no sería peligroso lo que hacen, hasta con red.
- ¿Y los elefantes? ¿Mamuts calvos? ¿Tertulianos de la COPE?
- No, los elefantes son elefantes.
- Déjame Diego, ya limpio yo.
- No te preocupes, ya casi he terminado. Ve a quitarte el disfraz.
- ¿Qué disfraz?
- El de payaso. No me jodas que tú también vas a empezar con la coña del circo mágico Marco.
- Así que ya has hablado con Hércules.
- Esta mañana.
- Bueno, es igual. Tiene algo de razón. A mí, por ejemplo, me gusta vestir de payaso.
- Y eres un payaso un tanto triste.
- Es pronto para que conozcas esa historia. ¿Seguro que no quieres que barra yo?
- No te preocupes.
- Como quieras. Por cierto, creo que le gustas a Primavera.
- ¿La ayudante del mago?
- Maga en prácticas, de hecho.
- Es guapa.
- No es guapa, es preciosa. Fíjate en sus ojos. Son color azul imposible. Y su sonrisa… Cuando sonríe es como si la conocieras de toda la vida. Tiene veinte años y ya tiene arrugas en la sonrisa. Eso es algo bueno. Ya termino yo de limpiar. Está en su camerino.
- ¿Su caravana?
- Joder, ¿no puedes darle un poco de glamour? Te hemos dicho que esto es un circo mágico.
- ¿Primavera?
- Sabía que vendrías.
- ¿Por que eres maga?
- Porque le he dicho a Marco que te dijera que me gustas.
- Tenía razón en lo de los ojos.
- ¿En lo de la sonrisa no?
- También. ¿Qué me muera de ganas de hacerte el amor sin conocerte es por tu magia?
- Por la del circo.
- Buenos días.
- Te juro que quería madrugar y traerte el desayuno.
- Puedo hacerme la dormida.
- Vuelvo en diez minutos entonces.
- Quince. Me apetece un zumo de naranja natural.
- Buenos días Diego.
- Buenos días jefe.
- Marco quiere verte.
- Tengo que hacer un zumo de naranja.
- Llévale este.
- Joder, si va a ser verdad lo de la magia.
- Es.
- Marco.
- Diego. Ya no es pronto.
- ¿Qué?
- Para que conozcas la historia.
- ¿Por qué?
- Porque ya eres feliz y puedes asumirla. Si te la hubiera contado ayer te habrías deprimido y hubieras buscado otro trabajo. Ahora ya eres parte del circo.
- ¿Tan triste es?
- Hace cinco años este todavía no era un circo mágico y yo no vestía siempre de payaso. Éramos un circo más y estábamos casi todos los que estamos ahora. Faltaban Primavera y Elías, el domador de panteras, leones y tigres.
- ¿El que le tiene miedo a los gatos?
- Ese. Bueno, también faltabais el sobrino del jefe que se fue hace unas semanas y tú. Y estaba Víctor.
- ¿Víctor?
- Si, Víctor. Mi marido. Llevábamos casados un año y medio cuando se incendió la carpa en un ensayo. Estábamos todos dentro y habríamos muerto si no hubiera sido por Víctor. Se sacrificó. Él era mágico, ¿sabes? Entró y nos fue sacando a todos de dos en dos o tres en tres. El jefe y Hércules le ayudaron, pero hubo un momento que no podían más y siguió el solo. Cuando terminó estábamos todos sanos y salvos. Se acercó, me besó y se murió. A la mañana siguiente todo estaba como nuevo, ni rastro de las cenizas. En el lugar donde le habíamos enterrado había una nota escrita por él. Está en esa mesilla, pásamela por favor.
- ¿Esta?
- Si, gracias. Leo: “Hola a todos. Siento haberos abandonado sin poder despedirme, pero me quemé más de lo que creía. Os pido un favor. Haced feliz a la gente. Yo seguiré aquí en forma de magia. Seré cada aplauso y cada risa. Llegarán Primavera sin padres, Elías sin amada y Diego sin ilusión. Que sean también nosotros. Os echaré de menos. Sobre todo a ti.”
- Así que es verdad. El circo es mágico.
- Siempre. Este es sólo un poco diferente.
- Ya, pero… ¿El circo? No sabes cantar, ni bailar. No eres fuerte y no quieres hacer de payaso, ¿no deberías buscar otro trabajo?
- Tengo un título que no vale para nada y lo único que sé hacer es contar historias. Quiero probar. Cuando me canse ya tendré tiempo de buscar un trabajo de mierda que me frustre y en el que no tenga aspiraciones. Pero por ahora voy a probar, si tenéis algo para mí.
- Antes tenía a un sobrino vendiendo entradas y limpiando las gradas, pero se quedó en la última ciudad que visitamos. Si quieres el puesto… Pago en función de la entrada y no te puedo hacer un contrato.
- ¿Cuándo empiezo?
- Así que tú eres el nuevo. Yo soy Hércules. Forzudo y literato a tu servicio.
- Diego. Enclenque y literato.
- ¿Te enseño esto?
- Ya lo conozco, gracias.
- Entonces, ¿te cuento un secreto?
- Por favor.
- No lo conoces. Este circo no es un circo cualquiera.
- ¿No?
- No. Es mágico.
- ¿Mágico?
- Mágico. Y diferente. Por ejemplo, ¿ves a la mujer barbuda? Pues no es una mujer.
- ¿Qué es?
- Un hombre. El único hombre-mujer-barbuda del mundo ¿Ves los caballos? Todos ellos son unicornios, lo que pasa es que no les ha salido el cuerno.
- ¿Falta de calcio?
- De fluido mágico. Es difícil conseguirlo y se lo damos a los trapecistas para que vuelen. Si no sería peligroso lo que hacen, hasta con red.
- ¿Y los elefantes? ¿Mamuts calvos? ¿Tertulianos de la COPE?
- No, los elefantes son elefantes.
- Déjame Diego, ya limpio yo.
- No te preocupes, ya casi he terminado. Ve a quitarte el disfraz.
- ¿Qué disfraz?
- El de payaso. No me jodas que tú también vas a empezar con la coña del circo mágico Marco.
- Así que ya has hablado con Hércules.
- Esta mañana.
- Bueno, es igual. Tiene algo de razón. A mí, por ejemplo, me gusta vestir de payaso.
- Y eres un payaso un tanto triste.
- Es pronto para que conozcas esa historia. ¿Seguro que no quieres que barra yo?
- No te preocupes.
- Como quieras. Por cierto, creo que le gustas a Primavera.
- ¿La ayudante del mago?
- Maga en prácticas, de hecho.
- Es guapa.
- No es guapa, es preciosa. Fíjate en sus ojos. Son color azul imposible. Y su sonrisa… Cuando sonríe es como si la conocieras de toda la vida. Tiene veinte años y ya tiene arrugas en la sonrisa. Eso es algo bueno. Ya termino yo de limpiar. Está en su camerino.
- ¿Su caravana?
- Joder, ¿no puedes darle un poco de glamour? Te hemos dicho que esto es un circo mágico.
- ¿Primavera?
- Sabía que vendrías.
- ¿Por que eres maga?
- Porque le he dicho a Marco que te dijera que me gustas.
- Tenía razón en lo de los ojos.
- ¿En lo de la sonrisa no?
- También. ¿Qué me muera de ganas de hacerte el amor sin conocerte es por tu magia?
- Por la del circo.
- Buenos días.
- Te juro que quería madrugar y traerte el desayuno.
- Puedo hacerme la dormida.
- Vuelvo en diez minutos entonces.
- Quince. Me apetece un zumo de naranja natural.
- Buenos días Diego.
- Buenos días jefe.
- Marco quiere verte.
- Tengo que hacer un zumo de naranja.
- Llévale este.
- Joder, si va a ser verdad lo de la magia.
- Es.
- Marco.
- Diego. Ya no es pronto.
- ¿Qué?
- Para que conozcas la historia.
- ¿Por qué?
- Porque ya eres feliz y puedes asumirla. Si te la hubiera contado ayer te habrías deprimido y hubieras buscado otro trabajo. Ahora ya eres parte del circo.
- ¿Tan triste es?
- Hace cinco años este todavía no era un circo mágico y yo no vestía siempre de payaso. Éramos un circo más y estábamos casi todos los que estamos ahora. Faltaban Primavera y Elías, el domador de panteras, leones y tigres.
- ¿El que le tiene miedo a los gatos?
- Ese. Bueno, también faltabais el sobrino del jefe que se fue hace unas semanas y tú. Y estaba Víctor.
- ¿Víctor?
- Si, Víctor. Mi marido. Llevábamos casados un año y medio cuando se incendió la carpa en un ensayo. Estábamos todos dentro y habríamos muerto si no hubiera sido por Víctor. Se sacrificó. Él era mágico, ¿sabes? Entró y nos fue sacando a todos de dos en dos o tres en tres. El jefe y Hércules le ayudaron, pero hubo un momento que no podían más y siguió el solo. Cuando terminó estábamos todos sanos y salvos. Se acercó, me besó y se murió. A la mañana siguiente todo estaba como nuevo, ni rastro de las cenizas. En el lugar donde le habíamos enterrado había una nota escrita por él. Está en esa mesilla, pásamela por favor.
- ¿Esta?
- Si, gracias. Leo: “Hola a todos. Siento haberos abandonado sin poder despedirme, pero me quemé más de lo que creía. Os pido un favor. Haced feliz a la gente. Yo seguiré aquí en forma de magia. Seré cada aplauso y cada risa. Llegarán Primavera sin padres, Elías sin amada y Diego sin ilusión. Que sean también nosotros. Os echaré de menos. Sobre todo a ti.”
- Así que es verdad. El circo es mágico.
- Siempre. Este es sólo un poco diferente.
lunes, 15 de diciembre de 2014
A veces
A veces cambian las cosas. A veces cambian las personas. A veces cambias tú. A veces utilizamos el odio para acabar con el amor. A veces necesitamos ese amor, pero nos empeñamos en odiar. A veces miro al mundo y le perdono por ser como es y no ser como debería. El mundo nunca me mira y rara vez perdona a quien es como es y no como debería. A veces escribo sin pensar y otras pienso y no escribo. A veces actúo sin pensar y otras pienso y no actúo. A veces querría haber actuado y a veces querría haber pensado. A veces querría volar. A veces querría amar. A veces pienso que seré y otras pienso que ya fui. A veces pienso que soy. A veces me pregunto qué seré y otras me pregunto qué fui. A veces me pregunto qué soy. A veces me gusta respirar la primavera que nos regala el invierno. A veces lloro con la lluvia y otras río mientras llueve. A veces es sí y a veces es no... A veces la belleza de lo cotidiano me deslumbra, mientras que a veces la monotonía de lo cotidiano ensombrece mis sentimientos. A veces pienso en los que no están y lloro y a veces pienso en ellos y sonrío. A veces pienso en los que están y lloro y a veces pienso en ellos y sonrío. Es curioso lo que, a veces, pasa...
jueves, 11 de diciembre de 2014
Déjame que te cuente...
Me levanto una mañana. Salgo de mi casa. Hay un pozo en la acera. No lo veo… y me caigo en él.
Día siguiente. Salgo de mi casa. Me olvido de que hay un pozo en la acera… y vuelvo a caer en él.
Tercer día. Salgo de mi casa tratando de acordarme de que hay un pozo en la acera. Sin embargo, no lo recuerdo… y caigo en él.
Cuarto día. Salgo de mi casa tratando de acordarme del pozo en la acera. Lo recuerdo. Y a pesar de eso, no veo el pozo… y caigo en él.
Quinto día. Salgo de mi casa. Recuerdo que tengo que tener presente el pozo en la acera. Y camino mirando el suelo. Y lo veo. Y a pesar de verlo… caigo en él.
Sexto día. Salgo de mi casa. Recuerdo el pozo en la acera. Voy buscándolo con la vista. Lo veo. Intento saltarlo… pero caigo en él.
Séptimo día. Salgo de mi casa. Veo el pozo. Tomo carrera. Salto. Rozo con las puntas de mis pies el borde del otro lado. Pero no es suficiente… y caigo en él.
Octavo día. Salgo de mi casa. Veo el pozo. Tomo carrera. Salgo. ¡Llego al otro lado! Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido que lo festejo dando saltos de alegría. Y al hacerlo… caigo otra vez en el pozo.
Noveno día. Salgo de mi casa. Veo el pozo. Tomo carrera. Lo salto… y sigo caminando.
Décimo día. Me doy cuenta, justo hoy de que es más cómodo caminar por la acera de enfrente.
Jorge Bucay
martes, 2 de diciembre de 2014
La habitación más fría / Cuentos de Hadas...
En la habitación más fría de la casa, esperando una llamada que no llega y que probablemente nunca llegará. Es duro esperar algo con todas tus ganas y que no llegue. Es duro saber que no llegará. Eso pensaba yo en el cuarto más frío de la casa...
"No existen los cuentos de hadas" me habían dicho alguien una vez. No, no existían. Desde luego no ahora. Podía parecer que sí, pero nunca eran eternos. Había vivido el mío durante poco tiempo, pero ahora todo eso parecía tan lejano...
El cuarto seguía congelado. La mirada estaba perdida en una foto. No la observaba, simplemente miraba hacia ella. La conocía de memoria. ¿Para qué esperarla si yo sabía que no iba a llamar? Así sólo conseguía hacerme daño, pero no podía evitarlo. Sólo me quedaba esperar...
En realidad no lo era. No era lejano. Al menos no tanto como los cuentos de hadas. Hacía poco había vivido la magia. Una vez comparé sus ojos con la magia. "Tus ojos son la magia" había dicho. Odiaba cómo sonaba, pero se lo diría mil veces más...
Ese frío no podía ser normal. Tal vez la llamada no se atrevía a salir por el frío. Recordé las manos heladas. Sabía que no iba a llegar y que todo lo que pensase simplemente me haría daño. Era estúpido seguir actuando de una forma tan masoquista, pero mis manos estaban siempre heladas...
Tampoco creía en la magia. Sonaba patético y no creía en ello, pero era la única forma de describir lo indescriptible: infinito, divino o mágico. Ojalá existiera la magia. Ojalá pudiera ver la magia de nuevo. Ojalá pudiera volver a vivir mi cuento de hadas...
No podía aguantar en un ambiente tan gélido. Había podido aguantar sus manos, pero solo es más difícil aguantarlo todo. Lo mejor sería acostarse. Si, acostarse y hacer una llamada...
"No existen los cuentos de hadas" me habían dicho alguien una vez. No, no existían. Desde luego no ahora. Podía parecer que sí, pero nunca eran eternos. Había vivido el mío durante poco tiempo, pero ahora todo eso parecía tan lejano...
El cuarto seguía congelado. La mirada estaba perdida en una foto. No la observaba, simplemente miraba hacia ella. La conocía de memoria. ¿Para qué esperarla si yo sabía que no iba a llamar? Así sólo conseguía hacerme daño, pero no podía evitarlo. Sólo me quedaba esperar...
En realidad no lo era. No era lejano. Al menos no tanto como los cuentos de hadas. Hacía poco había vivido la magia. Una vez comparé sus ojos con la magia. "Tus ojos son la magia" había dicho. Odiaba cómo sonaba, pero se lo diría mil veces más...
Ese frío no podía ser normal. Tal vez la llamada no se atrevía a salir por el frío. Recordé las manos heladas. Sabía que no iba a llegar y que todo lo que pensase simplemente me haría daño. Era estúpido seguir actuando de una forma tan masoquista, pero mis manos estaban siempre heladas...
Tampoco creía en la magia. Sonaba patético y no creía en ello, pero era la única forma de describir lo indescriptible: infinito, divino o mágico. Ojalá existiera la magia. Ojalá pudiera ver la magia de nuevo. Ojalá pudiera volver a vivir mi cuento de hadas...
No podía aguantar en un ambiente tan gélido. Había podido aguantar sus manos, pero solo es más difícil aguantarlo todo. Lo mejor sería acostarse. Si, acostarse y hacer una llamada...
martes, 25 de noviembre de 2014
Francesc
Francesc no podia
dormir. Portava setmanes sense quasi tancar els ulls. Per açò, pensava, ja no
podia recordar res. “No tinc espai per a més al cap” pensava ell. No recordava
que havia dinat o sopat en les ultimes setmanes, ni tan sols si ho havia fet;
tampoc recordava la música que havia escoltat, encara que ell estava sempre
escoltant música. Tenia la sensació d’haver botat, d’haver-se enganxat a tots
els jocs, de nadar, de haver fet l’amor… També creia recordar haver pujat
muntanyes, haver volat en helicòpter, d’haver encès un foc, però no sabia si açò
havia sigut el mateix dia, el mateix mes, o el mateix any.
Fart d’això, Francesc va decidir anar a una biblioteca per a trobar
respostes. De camí, va passar per una pastisseria, una llibreria i per dos quioscos on venien canoes a bon preu.
Quan va arribar a la
biblioteca, un enorme edifici amb forma d’esfera i de color rosa intens, no sabia
per que secció començar: “Història dels calcetins”, “Calcetins de la història”,
“Ciència, religió i calcetins”… Francesc, pensant que açò era massa per a ell, va
agafar un llibre qualsevol, i, de sobte, ho va comprendre tot.
Al dia següent, mentre
queien unes tímides gotetes d’aigua dels núvols, Francesc li contava la seua
millor amiga que la nit anterior havia somniat que no podia dormir.
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