Vanamente trató de recordar algo de su vida, pero no pudo. Sabía que nunca recordaría más que una figura que ya le era desconocida escribiendo. ¿Cómo sería? Nunca se había visto. O tal vez si y no lo recordaba. No había certezas en su vida. Ni siquiera estaba seguro de que eso que sentía fuese amor. Amor... Lo había conocido tantas veces a través de las vidas de las personas, pero nunca en él.
Sería mejor pasar a la siguiente vida. Cuanto antes lo hiciera antes encontraría la vida de esa persona que, por primera vez, le hacía preguntarse tantas cosas. ¿Por primera vez?
Conocía esa vida. Estaba relacionada con la única que le importaba. Con la única que siempre tenía los más bellos sueños. Muchas veces repasando una encontraba la otra. Esta vez tampoco fue una excepción, excepto por un detalle.
Hasta muerta era preciosa. Sus rasgos eran cálidos. Había visto muchas muertes, a lo largo de su ¿vida?, pero ninguna le afectó como esta.
Bajó la mirada hacia su pluma, su única compañera. ¿Podría morir? Tal vez ya había muerto. Sabía cómo morían las personas, pero no sabía si él era una. Empuñó la pluma y la dirigió con fuerza a su corazón. Sintió lo que supuso dolor. No le costó reconocer la sangre. Lo más parecido que había sentido era la tinta. Se dio cuenta de que era cálida. También lo eran esas gotas que se mezclaban con ella tras resbalar por su desconocida cara. Dejó de ver mientras un último pensamiento recorrió su mente. Por primera vez era una certeza absoluta: Había sentido el Amor.
Al día siguiente ninguna persona reparó en ello, pero había sucedido algo excepcional, algo que nunca había ocurrido: La noche anterior nadie había soñado.

