Heraclio nació con una rara afección. Heraclio, desde el momento en que recibió la primera de las muchas bofetadas que le daría la vida, tuvo alergia a la letra u y a todas las cosas cuyo nombre la contuviera, menos a él mismo. Cuando lo supieron, sus padres decidieron ponerle un nombre con el que pudiera gozar de las demás vocales, por eso le llamaron como el as de oros.
Desde pequeño Heraclio se acostumbró a beber solamente leche y a
bañarse con toallitas. A los dieciocho años había decidido que su palabra
favorita era castaña, pero claro, a los dieciocho años Heraclio nunca
había sentido las cosquillas detrás de la oreja que producen los susurros ni
había sentido la infantil fascinación ante la palabra tan mágica que es
libélula.
Heraclio nunca conoció el azul, y, aunque no lo admitía, estaba triste
por ello. Por supuesto, tenía el verde y el rojo y no le importaba perderse el
púrpura, porque pensaba que sería como el violeta; pero no soportaba tener que
imaginarse el azul. Imaginaba que el color del que se hacen los sueños tenía
que ser el más bonito de todos.
Heraclio supo que iba a morir el día que se enamoró. Se llamaba Gumersinda
y tenía los ojos marrones más profundos que nadie pudiese imaginar. Heraclio
comenzó a escribir para ella.
Al principio a Gumersinda le pareció una persona muy agradable.
Cuando, poco a poco, se fue enamorando de él, se dio cuenta de que al tenerle
le mataría.
Al no tener unos, cuatros ni nueves, a Gumersinda le costaba contar el
tiempo, por eso no supo que, cuando se tocaron por primera vez, habían pasado
13 meses y 8 días desde que se había enamorado. Catorce minutos después de un
largo abrazó había llorado al mirar sus ojos. A los dieciocho Gumersinda sólo
llevaba puesto su colgante de plata.
Poco después, Heraclio había muerto. Poco después, Heraclio se había
convertido en el color azul, en cada susurro, en cada libélula.
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